Claudio Fantini
Claudio Fantini

La infección de la Argentina

En Argentina, la política se ha convertido en un agujero negro que devora la objetividad, el pensamiento propio, el sentido común.

Sencillamente, es imposible que todas las personas que votan a Cristina Kirchner estén de acuerdo con el cierre de las escuelas que impuso Alberto Fernández, y estén a favor del fallo del juez federal que obligó al gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) a cumplir con el decreto presidencial.

También es imposible que todos los que votaron a Mauricio Macri y se oponen al kirchnerismo, estén de acuerdo con mantener las escuelas abiertas y consideren que Rodríguez Larreta hace bien al desconocer el fallo de la Justicia Federal porque el pronunciamiento judicial correcto es el de la Cámara de la justicia porteña, que avaló la posición del jefe del gobierno de la CABA.

La asunción de esas posiciones en la sociedad no es natural, sino forzada por la patología política de este tiempo que los argentinos llaman “grieta” y padecen con particular intensidad.

La grieta es una politización extrema en todas las situaciones, incluidas las que no deben ni tienen por qué politizarse.

La realidad evidente es que hay razones atendibles de un lado y del otro. No es descabellada la decisión de cerrar las escuelas, aunque tampoco lo sea la posición favorable a mantenerlas abiertas. El riesgo al colapso sanitario si no se contiene la segunda ola de contagios, es un argumento razonable.

También es razonable tener en cuenta la dimensión del daño que ha ocasionado la pérdida del año escolar completo en el 2020 y la necesidad de no profundizarlo repitiendo el cierre de las escuelas este año. Lógico sería entonces que la división en la sociedad a favor de una u otra posición, no responda a las adhesiones políticas.

Sin embargo, todos los que están de un lado y otro de la grieta coinciden absolutamente con la posición que sostiene su respectivo liderazgo político y con la de los jueces que se pronunciaron a favor de esa posición.

¿Por qué un padre o una madre que vota a Rodríguez Larreta no temería que su hijo se contagie en clase y por qué una madre o un padre que vota al kirchnerismo no priorizaría la salud psicológica de su hijo y la necesidad de atenuar el impacto negativo en su formación que tiene el cierre de escuelas?

Es objetivamente preocupante que el presidente haya decretado el cierre de escuelas en el AMBA de manera inconsulta y también lo es que el jefe de gobierno de la capital argentina desoiga el pronunciamiento de un juez federal.

Uno de los rasgos de la patología política argentina es, en ambos lados de la grieta, la uniformidad de criterios en cuestiones en las cuales esa uniformidad resulta absurda.

La uniformidad artificial se repetiría en iguales términos si ambos protagonistas de la pulseada política, Fernández y Rodríguez Larreta, hubieran asumido la posición contraria. O sea si el gobernador porteño hubiera cerrado las escuelas para frenar la escalada de contagios y el presidente se las abriera por decreto para que no se sigan perdiendo días de clase, los antikirchneristas acusarían a Fernández de estar contra la vida y los kirchneristas acusarían a Rodríguez Larreta de querer destruir la educación.

La grieta devora la soberanía mental de los argentinos. La debacle del razonamiento comienza en la dimensión de la prensa, la intelectualidad y el mundo artístico, porque allí se da el primer alineamiento en bloque producido por el triunfo del partidismo sobre la posición propia.

En este caso, la política marcha a contramano de la sensatez en el escenario de la pandemia porque el kirchnerismo parece haber empujado a Alberto Fernández contra Rodríguez Larreta, el líder opositor con mayor respaldo popular y mejor imagen pública. Pero la reacción de Rodríguez Larreta, sobre todo al desobedecer un fallo judicial, parece empujada por la presión de Macri y de Patricia Bullrich, exponentes de una dureza opositora que bordea la frontera de la irresponsabilidad.

Kirchnerismo y macrismo duro actúan como virus que infectan la política cuando fomentan la confrontación incluso en circunstancias en las que confrontar resulta inmoral y temerario.

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