Claudio Fantini
Claudio Fantini

Histórico papelón

El resonante fracaso de la cumbre de Hanói corroboró la fragilidad que arrastra el proceso de acercamiento al hermético régimen norcoreano, desde que comenzó.

En esta columna se había señalado que la cumbre sostenida hace ocho meses por Trump y Kim Jong Un en Singapur, tuvo una espectacularidad escénica que dañó su credibilidad.

También en el encuentro mantenido en Panmunjeom, la línea fronteriza del Paralelo 38, por los líderes de las dos Coreas, hubo demasiada sobreactuación como para no entrever una sobredosis de especulación política que pone en duda la seriedad de las tratativas.

En Singapur y en Panmunjeom alcanzaba de sobra con los encuentros de los gobernantes en cuestión para reinar en los noticieros y en las portadas de la prensa mundial, porque eran las primeras cumbres de ese nivel que se veía en la Península Coreana. Pero en la capital vietnamita había que mostrar algo más que las imágenes con sonrisas y apretones de manos.
Sin embargo, Trump y Kim llegaron a Hanói sin que un trabajo previo de equipos negociadores hubiese acercado posiciones o, por lo menos, tanteado caminos hacia posibles acercamientos.

La palabra que justificaba la cumbre es “desnuclearización”. Pero para Washington, la desnuclearización es el desmantelamiento total de los arsenales norcoreanos, a cambio del cese paulatino de las sanciones económicas y el asilamiento diplomático; mientras que para Piongyang desnuclearización significa paulatino desmantelamiento sólo de las instalaciones nucleares de Yongbyon, a cambio del cese inmediato y total de las sanciones económicas y diplomáticas.

Ni Trump ni Kim tenían una hoja de ruta, porque en Singapur no se había acordado una y porque tampoco se elaboró en posteriores reuniones de equipos técnicos. Por eso el riesgo de que la cumbre de Hanói terminara como terminó, era gigantesco. Aún así, la cumbre se hizo.

La pregunta es por qué Trump se encaminó a semejante fracaso, siendo éste tan predecible. Y una posible respuesta es: por una mezcla entre su propia ignorancia respecto a cumbres y negociaciones de cuestiones estratégicas, con la negligencia de un equipo de colaboradores que no se atreve a marchar a contramano de sus obsesiones y sus cálculos políticos.

Concretamente, la cumbre de Hanói era, en la mente del jefe de la Casa Blanca, el instrumento ideal para eclipsar el resultado de la comparecencia que, en esa misma fecha, haría su ex abogado, Michael Cohen, en el Congreso.

Imaginó anuncios espectaculares que minimizarían el impacto de las revelaciones que se escucharían en el Capitolio. Pero el tiro le salió por la culata y el día terminó siendo más demoledor para su imagen de lo que hubiera sido si no viajaba a Hanoi para escenificar el rol del estadista que merece un Nobel de la Paz.

Cohen daba argumentos a un posible juicio político por colusión con Rusia para la injerencia fraudulenta en la última elección presidencial, mientras la cumbre de la desnuclearización concluía en un histórico y resonante papelón.

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