Claudio Fantini
Claudio Fantini

El hielo y el infierno

La idea de soberanía se encuentra jaqueada entre el hielo y el infierno.

En el hielo de Groenlandia, Trump parece advertirle a Dinamarca que no le está preguntando si acepta venderle ese territorio a Estados Unidos, sino que se lo está exigiendo en virtud de que el reino nórdico pertenece a la OTAN, o sea, goza de la protección militar norteamericana y eso tiene su precio.

Paralelamente, Bolsonaro le dice a Europa que la presión que está ejerciendo para que apague el fuego que devora la Amazonia es una práctica colonialista, debido a que la región incendiada le pertenece a Brasil y por ende es un asunto interno del Estado brasileño.

La historia escandinava de Groenlandia y la implicancia del calentamiento global son las cuestiones que, respectivamente, Trump y Bolsonaro no están teniendo en cuenta.

Para entender la reacción danesa cuando desde Washington le llegan mensajes sobre Groenlandia, el jefe de la Casa Blanca debiera tener en cuenta el milenio de historia que tiene la relación nórdica con la inmensa isla que emerge entre el Atlántico y el Ártico.

Al fin de cuentas, su descubridor y quien la denominó “tierra verde” fue, en el siglo X, Erik Thorvaldsson, jefe vikingo al que llamaban “El Rojo”; la evangelización le llegó en siglo XIII también desde Escandinavia y antes de concluir la Baja Edad Media fue incorporada al Reino de Noruega, por largos siglos asociado a la corona danesa.

La soberanía exclusiva de Dinamarca comenzó al comienzo del siglo XIX. Por eso, cuando Estados Unidos mostró por primera vez interés, planteó en Copenhague la posibilidad de comprarlo. Fue en 1867, el año en que el presidente Andrew Johnson compró Alaska, y al contacto lo hizo William Seward, el mismo secretario de Estado que había negociado la adquisición con el zar Alejandro II.

Quizá la primer ministra Mette Frederiksen no habría considerado “absurda” la iniciativa de Trump, si hubiera tenido en cuenta la antigüedad del interés norteamericano por Groenlandia, mostrado también por Harry Truman al terminar la Segunda Guerra Mundial.

Aún así, la furia de Trump calificando la respuesta danesa como “repugnante” tiene más que ver con esa visión (ya mostrada en otros órdenes) que considera a la OTAN en términos similares al feudo medieval en el que los siervos de la gleba debían pagar por la protección recibida.

En una dimensión inmensamente más grave, a través del presidente francés Emmanuel Macron y del primer ministro irlandés Leo Varadkar, Europa señaló al presidente de Brasil como responsable, por negligencia o deliberadamente, del desastre ambiental que acelerará peligrosamente el calentamiento global.

En lo que refiere a las burlas que hizo sobre la esposa de Macron, la respuesta de Bolsonaro parece dar la razón a los muchos dirigentes, en Brasil y en el mundo, que lo consideran sin las aptitudes más elementales para ejercer el cargo que ocupa. Pero en lo referido a la injerencia “colonialista”, el debate es más complejo.

De todos modos, el jefe del Planalto pudo aludir a un reclamo de Brasil que se intensificó a partir de la década del 80 para que el mundo asuma su parte en la protección de la Amazonia, por ejemplo mediante una tasa que compense lo que el país sudamericano pierde al no ampliar su área cultivable.

Pero plantear que la hoguera que devora la selva amazónica es un problema interno, resulta inaceptable. Un tumor en el “pulmón del planeta” es un grave problema del planeta, no sólo del pulmón.

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