Claudio Fantini
Claudio Fantini

Héroes y villanos

La guerra más extraña de la historia requiere en los escenarios políticos del mundo entero lo mismo que requiere en cada hogar: héroes de la sensatez, la serenidad y la sensibilidad.

Como timoneles en una indescifrable tempestad, los gobernantes y también sus opositores están obligados a la máxima responsabilidad, la máxima razonabilidad y la máxima templanza.

En las democracias, las sociedades tendrán a la vista la gravedad de haber votado sin tener en cuenta estos rasgos. Y la importancia crucial de que, además de héroes de la serenidad y el equilibrio, gobernar y liderar exige otra condición indispensable: inteligencia.

Lo que implica la ausencia de estos rasgos está siendo exhibido por algunos gobernantes del mundo. El ejemplo más cercano es el presidente de Brasil. Jair Bolsonaro expuso de manera patética la distancia que lo separa de la estatura mínima del estadista.

Lo que demoró en comprender el escenario en el que quedó el mundo y su país, la forma insultante con que atacó a quienes considera alarmistas y la irresponsabilidad negligente que mostró al convocar un acto de multitudes para que lo apoyaran, fueron impúdicas pero aleccionadoras muestras de lo grave que es poner al mando a quien no está a la altura de semejante desafío.

El presidente brasileño que, en los albores de la tormenta que debe pilotar, recibe masivos cacerolazos reclamando su renuncia, quedó en el mismo estante que Daniel Ortega, el déspota nicaragüense que tras haber matado a centenares de opositores en el último año de protestas contra su régimen, tuvo una iniciativa tan descabellada como reveladora de su ineptitud mental y moral: convocó a una multitudinaria marcha para “abrazarse” y estar cerca.

La lista es más larga pero alcanza con señalar entre los que destacan como líderes poco calificados figura Donald Trump, quien también demoró en actuar por minimizar el riesgo existente y por priorizar que nada afecte la marcha de la economía por la que se siente confiado en lograr la reelección.

Chicanear a la superpotencia asiática hablando del “virus chino” resulta inconcebible. También la respuesta del presidente Xi Jinping haciendo que China avale indirectamente o implícitamente una teoría conspirativa que acusa a Estados Unidos de haber creado el virus en su territorio y haberlo plantado en Wuhan.

Con antecedentes tan graves como el bombardeo norteamericano a la embajada china en Belgrado durante la guerra de Kosovo y el incidente del avión espía EP-3 que en el 2001 generó un pico de tensión militar entre los gobiernos de George W. Bush y Jiang Zeming, Washington y Beijing se adentran alocadamente en una “guerra fría” en un momento en el que la historia reclama colaboración y entendimiento entre los países más poderosos, para rescatar la especie humana de este inquietante trance.

Una buena postal de lo que exige el momento a los liderazgos políticos provino de Argentina y mostró al presidente Alberto Fernández y al jefe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y exponente del PRO, Horacio Rodríguez Larreta, trabajando juntos contra la epidemia. Hasta ahora, ambos han mostrado, igual que otros dirigentes oficialistas y opositores, la actitud que demanda ésta instancia.

Es probable que cuando el mundo despierte de esta pesadilla, los gobernantes y los dirigentes opositores de Argentina se encuentren en la lista de los héroes de la sensatez, la serenidad y la sensibilidad que dejará esta guerra contra el enemigo invisible.

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