Claudio Fantini
Claudio Fantini

Guerra Fría regional

Una Guerra Fría se va instalando en la región. Dos bloques se acusan mutuamente de conspirar y desestabilizarse.

El régimen de Venezuela acusa a Colombia, el Grupo de Lima y Estados Unidos de haber instigado las masivas protestas que aplastó con brutales represiones. Lenin Moreno acusó a Rafael Correa y a Nicolás Maduro de orquestar las protestas indígenas que sacudieron Quito y tumbaron el aumento de combustible que había decretado. Y Sebastián Piñera explicó el estallido social diciendo que Chile está “en guerra contra un enemigo poderoso”.

En la vereda del Grupo de Lima, la teoría predominante es que detrás del levantamiento indígena en Ecuador y del estallido de protesta y violencia en Chile están Maduro, Diosdado Cabello y Cuba.

Extendiendo esta interpretación, se puede sostener que los servicios de inteligencia cubanos son la neurona y que Rusia es el patrocinador extra-continental. En definitiva, Putin es el gran aliado de todos los líderes anti-sistema y regímenes disruptivos de izquierda y de derecha en muchos puntos del planeta. Una de las excepciones es la rebelión en Hong Kong.

También es posible sostener que las teorías conspirativas de ambos bloques enfrentados en esta guerra fría tienen parcialmente la razón. A la disidencia venezolana la asisten Washington y algunos miembros del Grupo de Lima, aunque las masivas protestas sofocadas con sanguinarias represiones estallaron naturalmente contra una situación calamitosa causada por un régimen esperpéntico.

En Chile no hay dos explicaciones contrapuestas de los graves sucesos, sino dos explicaciones complementarias. Las protestas estallaron por un aumento del transporte que fue la gota que colmó un vaso que lleva tiempo llenándose con encarecimientos de la energía eléctrica y otros servicios. Las clases media y media baja sienten que van empobreciéndose en un esquema que acentúa la desigualdad. El estallido debió producirse con el último aumento de la electricidad, pero la gota que colmó el vaso fue un aumento menor.

A la protesta no la hicieron estallar desde Caracas y La Habana. La indignación social se explica en la agudización de las contradicciones del propio modelo chileno. Lo que no explica ese Talón de Aquiles es la inusual violencia que demasiado velozmente se incubó en las protestas callejeras.

Esa violencia, dirigida con eficacia y precisión, permite vislumbrar una mano oculta. Sospecha abonada, además, por los sugestivos pronunciamientos de Maduro y Diosdado Cabello.

Maduro diciéndole al Foro de Sao Paulo que está cumpliendo “a la perfección el plan trazado”, y su lugarteniente hablando de la “brisa bolivariana” que sopla en la región y pronto se convertirá “en un huracán”, justifica sospechar que están detrás de la violencia que sacude a Chile, aunque la ola de protestas haya sido espontánea y responda a un encarecimiento que empobrece desde las clases medias hacia abajo.

En Ecuador, a la movilización indígena la provocó el aumento del combustible. La reacción del movimiento indígena fue una cuestión interna. Lo prueba el hecho de que la calma se reinstaló ni bien el presidente anuló la medida que había detonado las movilizaciones.

Pero que dentro de esa protesta actuaron manos extrañas, lo verifica el atentado incendiario contra el edificio de la Contraloría. Eso no pareció ligado a las protestas, sino a la vinculación de miembros del anterior gobierno con casos de corrupción cuyas pruebas se acumulan en esa dependencia pública.

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