Claudio Fantini
Claudio Fantini

Ganar las batallas y perder la guerra

“Ustedes tienen los relojes pero nosotros tenemos el tiempo”, le habría dicho un negociador talibán a un negociador norteamericano. Esa es una clave de las guerras de baja intensidad.

No importa quién gana las batallas, sino quien tiene más tiempo. Y los talibanes tenían todo el tiempo del mundo. En Afganistán, la guerra es el sistema. El movimiento militar pashtún es parte del sistema. La guerra no lo agota ni desgasta.

Los norteamericanos ganaron todas las batallas, pero eso es irrelevante. En Vietnam también habían ganado todas las batallas. Incluso la Ofensiva del Tet fue exitosamente resistida. Pero el tiempo le pertenecía al Vietcong.

Esta derrota norteamericana no se parece a la de la URSS, sino a la que Estados Unidos encontró en Vietnam. Los muyahidines ganaron a los soviéticos varias batallas. Hubo un arma clave para la victoria de los tadyikos que comandaba el “León de Panshir, Ahmed Shah Massud, en las abruptas montañas del Hindu Kush: los misiles Stinger. Ese lanzacohetes antiaéreos con rastreador infrarrojo puede cargarse en hombros porque es portátil. Y como para combatir a los muyahidines que se escabullían entre laderas y valles del Hindu Kush, la URSS sólo podía recurrir a sus Mil-Mi 24, los afganos pudieron derribar esos helicópteros artillados como si fueran palomas.

¿Cuándo empezó a perder la guerra Estados Unidos? Cuando George W. Bush, empujado por el vicepresidente Cheney, por el secretario de Defensa Rumsfeld y por el subsecretario Wolfowitz, invadió Irak mintiendo justificaciones. A la existencia de armas de destrucción masiva la desmintieron las inspecciones del experto en armamentos Hans Blix, mientras que al supuesto vínculo entre Saddam Hussein y Al Qaeda lo desmintió la lógica: Al Qaeda es wahabita y Saddam era baasista; la más radical vertiente del Islam y una ideología secular árabe, o sea el agua y el aceite.

En Irak imperaba una dictadura atroz, pero sin relación con el 11-S. La invasión fue innecesaria y cometió un inmenso error: desarmar el ejército iraquí.

El ejército siempre había podido conjurar el terrorismo ultra-islamista. Pero los negligentes Rumsfeld y Wolfowitz le ordenaron al gris virrey que instalaron en Bagdad, Paul Bremer, desarticular las fuerzas armadas iraquíes, lo que convirtió a cientos de miles de militares en desempleados que saquearon arsenales para venderle las armas a los grupos terroristas que brotaron como hongos.

Irak se convirtió en un agujero negro que supuró yihadismo y absorbió energía militar norteamericana en grandes cantidades. La mayor parte de esa energía salió de Afganistán. La financiación, los efectivos mejor adiestrados y la inteligencia militar fueron destinados a Irak, en detrimento de las fuerzas en Afganistán.

La invasión en el 2001 desmanteló las bases de Al Qaeda, derribó el régimen del Mullah Omar y arrinconó a los talibanes en Helmand, pero con la energía absorbida por Irak, los marines dejaron de estar a la ofensiva. Desde el 2014 sólo lanzaban ataques aéreos, como el que mató al líder talibán Akhtar Mansour, pero no desplazaban tropas para buscar y enfrentar a los talibanes.

Los marines terminaron convertidos en una suerte de policía municipal de Kabul. Al percibir que Washington ya no tenía voluntad de combatir para eliminarlos, los talibanes se lanzaron a la reconquista. Tan corrupto como los gobiernos que sostenía Washington, el ejército afgano le abría paso a los milicianos que sobornaban jefes militares con dinero recaudado por el tráfico de opio.

Los norteamericanos estaban tan solos en ese rincón centroasiático, que se guiaban por los informes del ISI, el aparato de inteligencia paquistaní que les había ocultado la presencia de Osama Bin Laden en Abodabad.

Pakistán siempre jugó a dos puntas y los norteamericanos nunca supieron cuando los estaba ayudando y cuando ayudaba a sus enemigos. De hecho, Pakistán respaldó a la sanguinaria Red Haqqani, que realizó los mayores atentados suicidas contra bases occidentales y cuyo poderío dio a Sirajudín Haqqani, heredero del liderazgo de su padre, Jalaludín, el segundo puesto en la jerarquía talibán.

A la guerra en Afganistán los norteamericanos empezaron a perderla en Irak. Sólo faltaba la capitulación deshonrosa que Trump aceptó en las negociaciones de Doha y que Biden cumplió de manera catastrófica.

El jefe de la Casa Blanca siente que está pasando el problema a China. Si quiere completar el tramo afgano de su Ruta de la Seda y proteger las empresas con las que extrae litio y otros minerales, que se haga cargo de ese agujero negro. Que también se haga cargo Rusia si no quiere que resurja el independentismo caucásico en Chechenia, Ingushetia y Daguestán. Que se haga cargo Pakistán si no quiere que sus propios pashtunes intenten unir el Pashtunstán pakistaní al afgano.

Washington puede tener razones políticas pero eso no le da la razón moral. Trump firmó la sentencia de derrota, Biden terminó de ejecutarla y a la imagen norteamericana la destrozó una ráfaga de Kalashnikov disparada por los dueños del tiempo.

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