Claudio Fantini
Claudio Fantini

Fiesta sobre ríos de sangre

Corrían ríos de sangre y lágrimas mientras los militares celebraban con actos y banquetes el día de las fuerzas armadas.

Durante la jornada, efectivos del ejército dispararon a mansalva contra las protestas apuntando a la cabeza de los manifestantes, y a la noche los cuarteles y los palacios gubernamentales se vistieron de gala para los opulentos festejos.

Fueron las “bodas de sangre” entre el régimen militar y los gobiernos de China y de Rusia, que se han convertido en sus principales valedores.

Superando largamente el centenar de muertos, había sido la jornada más letal para las multitudes que protestan contra el golpe que reinstaló la dictadura. Pero mientras las familias lloraban a sus caídos bajo las balas, el régimen celebraba con suculentos banquetes. Y a esa celebración ensangrentada asistieron representantes de China y Rusia además de los enviados de Vietnam, Tailandia, India, Bangladesh, Laos y Pakistán.

Avalaron de ese modo a la dictadura militar surgida del golpe de Estado que derrocó el gobierno elegido por el voto de los birmanos.

Resulta paradójico que los militares celebraran el día del las fuerzas armadas, con la hija de su fundador en prisión. Aung San Suu Kyi es la hija del general Aung San, prócer de la independencia de Birmania y creador del Tatmadaw (ejércitos de tierra, aire y mar).

Desde el golpe militar los militares agravaron la tragedia de los los rohingyas, expulsando a cientos de miles a Bangladesh, donde la xenofobia incendia sus campos de refugiados mientras el gobierno los confina en islas desoladas del Golfo de Bengala.

No sólo esa minoría musulmana es víctima de los militares birmanos. También la etnia Karen, comunidad cristiana que tuvo una guerrilla independentista comandada por dos niños, es permanentemente atacada en Myanmar y ha vuelto a ser empujada hacia la frontera con Tailandia.

La dictadura se apoya en la etnia bamar, que es mayoritaria y de religión budista, pero los bamares también son mayoría en las multitudes que reclaman la restitución de la institucionalidad derribada por los militares y la liberación de la popular Aung San Suu Kyi, apresada junto al derrocado presidente Win Myint.

El régimen liderado por el general Min Aun Hlaing confía en sostenerse gracias al apoyo de China y Rusia, además del respaldo que le dan el populismo nacional-hinduista que gobierna la India a través del primer ministro Narendra Modi; el impopular rey de Tailandia, Maha Vajiralongkorn, y el régimen de partido único que impera en Vietnam.

Esos gobiernos, además de otros muy poco democráticos como los de Laos, Bangladesh y Pakistán, dan legitimidad a un golpe de Estado que se auto-justifica en un supuesto fraude en las últimas elecciones.

En realidad lo que había ocurrido en las urnas fue un triunfo arrollador de la Liga Nacional Democrática que lidera Aung San Suu Kyi, que disminuía la presencia parlamentaria de las fuerzas armadas y del partido que responde a los militares.

El resultado de la elección que motivó el golpe mostraba una abrumadora mayoría decidiendo poner fin a la influencia de los militares para avanzar hacia una democracia plena, lo que nunca llegó a existir en Birmania, el país al que la dictadura militar anterior rebautizó Myanmar.

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