Claudio Fantini
Claudio Fantini

La euforia y la duda

La desmesura es el rasgo de este acercamiento norcoreano a los enemigos que hasta hace poco amenazaba con bombas termonucleares y misiles intercontinentales. Si algo faltaba para confirmarlo es la desopilante propuesta del presidente surcoreano: dar el Nobel de la Paz a Trump.

El presidente que más dañó la imagen de Estados Unidos en el mundo por sus gestos y pronunciamientos racistas, por equiparar a manifestantes antirracistas con miembros del Ku Klux Klan, por su desprecio a países a los que llama "agujeros de mierda", por las deportaciones masivas, por levan- tar un muro y denostar a los mexicanos, sería para Moon Jae-in merecedor del pre- mio que recibieron Luther King y Mandela.

Por cierto, también lo recibieron muchos líderes controvertidos. Pero la pregunta es: ¿cuál habría sido el aporte de Trump al giro norcoreano? ¿Haber dicho que "devastaría" con misiles su país? ¿Cree Moon Jae-in realmente que esa amenaza de genocidio hizo cambiar a Kim Jong-un?

Es más lógico creer que, si de verdad hay un cambio y no una actuación (como tantas veces hicieron su padre y su abuelo) se debe a que Beijing por primer vez aplicó sanciones, en lugar de simularlas, contra un régimen que no puede subsistir sin el petróleo que le envía China. Y si Xi Jinping comenzó a presionar a Kim, fue por perderle la paciencia cuando hizo asesinar a su hermano Kim Jong-nam, un protegido de China.

En rigor, todo ha sido desmesurado. El encuentro de los líderes coreanos en la frontera debió ser sobrio. Al fin de cuentas, quien cruzaba la frontera era considerado por el Estado surcoreano un feroz criminal. Fue Corea del Sur la que denunció que, al asumir, Kim hizo devorar por perros a su tío y regente del régimen. Seúl también denunció cientos de asesinatos en sus recurrentes purgas y dijo que, a un ministro, lo hizo fusilar con un cañón antiaéreo por dormirse durante un discurso suyo. A esos crímenes los denunció el país cuyo presidente acaba de recibir al supuesto monstruo con abrazos, sonrisas, fotos tomados la mano y alegría desbordante.

Debió primar la sobriedad pero primó la euforia. Kim fue recibido como si fuera un héroe de la paz y no el hombre que hizo asesinar a su hermano ante las cámaras de un aeropuerto malayo. Tanto espectáculo da la sensación de un gran acto publicitario. Las estrellas de esa publicidad son Moon, Trump y el líder norcoreano al que se le dio el escenario mundial para que su imagen de dictador totalitario sea reemplazada por la de un pacificador.

Tanta desmesura parece ocultar algo. Al menos justifica la duda.

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