Claudio Fantini
Claudio Fantini

Erdogán contra la laica Francia

El presidente de Turquía intenta convertirse en líder del islamismo radical y lanza su “jihad” contra el gobierno galo, proclamando el boicot de los turcos a los productos franceses.

La razón es la defensa que Emmanuel Macron hizo de la libertad de expresión, incluido el derecho a burlarse de las religiones, al repudiar el asesinato de un profesor que había mostrado dibujos de Mahoma a sus alumnos. Irán atacó a Macron por su defensa de la secularidad en el homenaje al docente que decapitó un islamista checheno, mientras Kuwait, Jordania, Libia y Qatar se sumaban al boicot lanzado por Recep Erdogán a los productos franceses.

Ni el ayatola Alí Jamenei ni Erdogan repudiaron la sanguinaria ejecución del docente que mostró un dibujo del profeta del Corán en el marco de una clase sobre libertad de expresión. Que no lo haga el imán que lidera una teocracia, es esperable, pero que el jefe de Estado turco repudie a un mandatario que defiende el laicismo y no al fanático que cometió un crimen atroz, es otra señal de la deriva fundamentalista que ha emprendido.

Esa deriva incluyó la conversión en mezquita de templos cristianos como las basílicas de Nicea, en Iznik, y de Santa Sofía, en Estambul, proclamando la “restauración del Islam desde Bujará hasta Al Andaluz”.

Esa retórica propia de ideólogos del jihadismo como Mustafá Setmarián, así como el delirio geopolítico con raíz otomana de crear un califato que abarque desde Uzbekistán hasta España, no pueden separarse de la ofensiva contra Macron, que incluye insultos al presidente galo y el boicot a la industria francesa.

No es la primera vez. La policía tuvo que proteger el diario danés Jyllands Posten y un fanático quiso matar a hachazos al dibujante Kurt Wastergaard, por una viñeta de Mahoma. Hubo muchos otros casos en los que dibujos del profeta causaron olas de iras que dejaron decenas de muertos.

El último de esos casos fue precisamente en Francia, donde fanáticos masacraron a redactores y dibujantes del semanario satírico Charlie Hebdo.

El Estado francés y sus leyes no son hijos de las monarquías absolutistas que se justificaban con argumentos teológicos, sino del enciclopedismo, el iluminismo y la revolución que crearon la república. La Constitución recoge esa herencia secular al proclamar la laicidad del estado galo.

La contracara de esa secularidad son las teocracias islamistas y el modelo que intenta construir Erdogán en Turquía. Por eso no desaprovechó la oportunidad de confrontar con Francia, el país que expresa la antítesis de los estados religiosos.

La prohibición de retratar a Mahoma que los islamistas extienden más allá de los musulmanes, tiene su raíz más profunda en la iconoclasia del judaísmo antiguo, religión de la cual el profeta del Islam tomó la idea del Dios único y el rechazo a esa expresión del politeísmo que era la idolatría. Por eso Mahoma inició su rebelión contra el poder politeísta que imperaba en La Meca, destruyendo los ídolos del templo de la Kaaba.

Aquel acto determinó la “héjira” que lo llevó a Medina, donde gobernó, formó un ejército y regresó a La Meca, imponiéndose. Entre sus primeros actos tras la conquista de su ciudad, fue la destrucción de los 360 ídolos que rodeaban la Kaaba.

Que la lucha contra la idolatría sea hoy la justificación de crímenes por dibujar a Mahoma, es la deformación delirante que las doctrinas más oscurantistas hacen de la historia y de la creencia.

Tras haber atravesado gran parte del siglo XX abrazada a la secularidad, la Turquía de Erdogán busca liderar el panislamismo radical azuzando, por un lado, una guerra contra cristianos en Transcaucasia y, por otro lado, el boicot al país abanderado de los estados laicos europeos: Francia.

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