Claudio Fantini
Claudio Fantini

Enemigos de la paz

El rasgo de la violencia en Colombia es que un atentado cuya realización requiere inteligencia previa y una eficaz estructura, como el que ayer plagó de muertos y heridos una academia policial, tiene demasiadas hipótesis de posibles autorías.

Mientras nadie reivindica el atentado, las sospechas se multiplican. La primera cae sobre el ELN, la guerrilla que nació en 1964 con orientación castrista, tuvo comandantes notables como los sacerdotes Camilo Torres y Manuel Pérez, y lleva largos años reducida a unos pocos miles de combatientes más abocados al delito que a la insurrección.

El ELN quiere una negociación de paz en la que reciba el mismo tratamiento que las FARC, pero aún no logra que el gobierno la perciba como una fuerza beligerante cuya envergadura merezca concesiones importantes por parte del Estado.

Precisamente por eso, esta milicia forajida que sólo tiene una considerable presencia en Catatumbo, región del Departamento Norte de Santander, figuró desde el primer momento entre los principales sospechados por el atentado.

Tendría lógica que este grupo armado, que tiene un largo historial de atentados terroristas, haya puesto esta bomba para mostrar poder al gobierno de Iván Duque. Pero la realidad colombiana impone barajar otras hipótesis. Por caso, la posibilidad de que sea el narcotráfico, que no terminó con la muerte de Pablo Escobar y la desintegración de los carteles de Medellín y Cali, del mismo modo que la violencia insurgente no terminó con la paz que firmaron el presidente Santos y el comandante Timoshenko.

Las decenas de organizaciones que producen y exportan cocaína han estado en constante crecimiento durante los últimos años, pero para consolidar la expansión de su negocio necesitan que Colombia vuelva al caos que convirtió a la selva colombiana en tierra de nadie mientras fueron poderosas las FARC y otras guerrillas.

Un atentado como el de ayer pone en riesgo la vigencia del acuerdo de paz que desmovilizó a la vieja y envilecida milicia que habían fundado Manuel Marulanda y Jacobo Arenas en “la República de Marquetalia”.

La guerra genera el caos que permite prosperar a mafias como las del narcotráfico. Los carteles necesitan que la selva esté plagada de guerrillas que protejan sembradíos, laboratorios y pistas de aterrizaje y despegue.

Los acuerdos de pacificación vigentes tienen otros enemigos, como la extrema derecha que en los años ochenta, exterminando guerrilleros desmovilizados y dirigentes de la coalición Unión Patriótica, logró destruir los acuerdos de paz impulsados por el presidente Betancur que habían logrado la desmilitarización de importantes bloques de las FARC, el ELN, el EPL y Autodefensa Obrera.

Sicarios pagados por grupos ultraconservadores y por quienes amasaban fortunas con el paramilitarismo, perpetraron el genocidio que desangró aquellos acuerdos. Las mismas motivaciones existen hoy para impedir nuevas negociaciones de paz y para destruir la que, con su larga lista de imperfecciones y zonas grises, ha conseguido desmovilizar más del 90% de la guerrilla de Tirofijo.

En Colombia la guerra y el caos son demasiado rentables. Por eso hay tantas hipótesis de autoría detrás de un atentado como el que ayer ensangrentó Bogotá.

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