Claudio Fantini
Claudio Fantini

División inexorable

Es posible que el juicio a Donald Trump transforme el escenario político norteamericano. El Partido Republicano podría exorcizarse el liderazgo autoritario y personalista que lo abdujo y lo lanzó a una deriva extremista. 

Si lo hace, volverá a ocupar el espacio de la centroderecha, pero a su lado nacerá un partido ultraderechista.

La otra posibilidad es que el viejo partido de los conservadores deje de ser moderado y se entregue al trumpismo, convirtiéndose en una fuerza ultraconservadora. En ese caso, el ala moderada que tiene próceres como John McCain podría desprenderse y formar un nuevo partido situado en la centroderecha.

En cualquier caso, Trump parece haber dividido a la derecha y donde siempre hubo un partido mayormente moderado que tiene un ala de conservadurismo duro, habrá dos partidos: uno de centroderecha y otro de derecha extrema.

Si en el impeachment los senadores republicanos actúan priorizando los sucesos y las responsabilidades que se juzgan, por lo tanto dejando de lado el riesgo de enojar a las bases radicalizadas, el partido exorcizará el espíritu perturbador que lo habita desde hace cuatro años, reinstalándose en el centro y viendo nacer a su lado un partido ultra liderado por Trump.

En cambio, si los senadores absuelven a Trump para no perder sus escaños en los próximos comicios, instalarán definitivamente al Partido Republicano en la derecha extrema, dando lugar a un sisma que generará una nueva estructura partidaria de centroderecha.

Ocurre que la absolución convertiría a los republicanos en cómplices de una asonada golpista visiblemente impulsada por el hombre que ocupaba el Despacho Oval.

De los cuatro juicios políticos presidenciales que hay en la historia, los dos de Trump fueron causados por acontecimientos de gravedad institucional mucho mayor a los dos casos restantes. En 1868, Andrew Johnson fue juzgado por destituir a su ministro de Guerra, Edwin Stanton, violando una ley arbitraria por la cual un mandatario no podía echar a un miembro de su gabinete sin la autorización del Congreso. Y en 1998, Bill Clinton afrontó un impeachment por haber mentido bajo juramento al fiscal Starr cuando lo indagaba sobre relaciones sexuales indebidas.

El primer impeachment a Trump fue por presionar al presidente ucraniano Volodimir Zelenski, valiéndose de una ayuda económica ya aprobada por el Congreso, para que le ayude a perjudicar a su desafiante demócrata. Y el actual es por la asonada con turbas violentas para impedir las consecuencia de la elección presidencial, o sea para perpetrar un golpe.

A diferencia de los casos anteriores y amén de los elementos probatorios que puedan añadirse, las pruebas de la responsabilidad de Trump están a la vista: los twits del presidente y los mensajes públicos convocando a una protesta que sólo podía tener por objetivo impedir la certificación legislativa del resultado electoral.

El presidente no podía desconocer que agrupaciones violentas utilizarían la manifestación para asaltar el Capitolio. Llevaba tiempo enviando mensajes cifrados a grupos supremacistas, movimientos de ultraderecha y usinas de teorías conspirativas como Q-anon. Si al convocar la protesta no imaginó lo que podía ocurrir, entonces actuó con suficiente negligencia como para ser inhabilitado para futuros cargos.

En rigor, el sólo hecho de haber presionado al gobierno de Georgia para que adultere el escrutinio en ese Estado, es una falta que amerita impeachment. Y las pruebas también están a la vista: la conversación telefónica que grabó y difundió el secretario de Estado georgiano Brad Raffensperger.

No hay forma de absolver a Trump sin rosar la complicidad con esas acciones. Tampoco hay forma de que el conservadurismo salga de este trance sin dividirse en dos partidos, uno de centro y el otro de derecha extrema.

Lo que falta ver es si el Partido Republicano elige volver al centro, o continúa su deriva hacia el personalismo autoritario.

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