Claudio Fantini
Claudio Fantini

La disyutiva republicana

Es una decisión existencial. Lo que decidan los senadores conservadores en el segundo impeachment a Donald Trump definirá la existencia del Partido Republicano.

Si votan pensando en conservar la estructura tradicional y su vínculo con la institucionalidad norteamericana, declararán al ex presidente culpable de haber instigado el asalto al Capitolio.

En cambio, si a la hora del veredicto priorizan satisfacer a las amplias bases del partido que apoyan fervientemente a Trump, terminarán de convertir al Partido Republicano en un instrumento dentro del movimiento ultraconservador y personalista puesto en marcha por el magnate neoyorquino.

Sacarse a Trump o quedarse a la sombra de Trump, esa es la cuestión. Declarar culpable al ex presidente en el juicio político activa la primera opción, cuyo precio político es la posible pérdida de votos por el enojo de una parte importante de las bases del partido. Y además implica el riesgo de que nazca un nuevo partido que se lleve parte del Partido Republicano, debilitándolo. Declararlo inocente dejando intacta la posibilidad de que vuelva a ser candidato, es reducir a la vieja fuerza política a ser apéndice del trumpismo, a la sombra de un personalismo autoritario.

Mitch McConnell, el jefe de los senadores republicanos, ya tomó su decisión: tras analizar toda la información de lo ocurrido el 6 de enero, llegó a la conclusión de que Trump instigó a las turbas que atacaron el Congreso con el objetivo de amedrentar a los legisladores para que no certifiquen el voto del Colegio Electoral.

Lo mismo piensa el senador por Utah Mitt Romney, así como otros republicanos que se identifican con el conservadurismo moderado, como los hermanos Bush y su padre, además de Arnold Schwarzenegger y otros que identifican el partido con figuras como John McCain.

El asalto al Capitolio dejó en claro la disyuntiva que pugna en el espíritu conservador: Volver a la centroderecha o convertirse en la derecha extrema.

Siempre hubo alas radicales en el Partido Republicano. En las décadas del 50 y 60, Barry Goldwater impulsó una posición contraria a la línea predominante que apoyaba la continuidad que el presidente Eisenhower había dado al Estado de Bienestar creado por Franklin Roosevelt.

Aquel senador por Arizona reivindicó el supremacismo, se opuso fervientemente a los Derechos Civiles por los que luchaba Martin Luther King y pregonaba el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la privatización total de la economía. Con ese discurso ganó las primarias de 1964 al moderado Nelson Rockefeller y enfrentó en las urnas al demócrata Lyndon Johnson.

La derrota de Goldwater en aquella elección presidencial marcó su declinación como figura política. Pero aunque en su última etapa giró hacia la moderación, el espíritu radical que había expresado siguió teniendo un lugar en las bases del partido.

Los gobiernos de Bill Clinton tuvieron como azote a una expresión del ultra-conservadurismo liderada por Newt Gingrich y su Contrato con América, decálogo de la nueva derecha. La radicalización continuó con el surgimiento del Tea Party, alimentado por el desprecio a la llegada de Obama a la Casa Blanca.

Ese movimiento republicano de posiciones recalcitrantes fue lo suficientemente fuerte para imponer uno de sus miembros a la fórmula que encabezó el centrista John McCain: la gobernadora de Alaska Sarah Palin.

Pero Trump implicó un giro en el ultraconservadurismo. Con el magnate neoyorquino nació un movimiento con llegada a las bases más despolitizadas. Gente sin formación universitaria ni apetencias culturales encontró en el líder un reflejo de sí misma. Sintió que sus fobias raciales, su miedo a la inmigración, su pasión por las armas, su nacionalismo agreste y su desprecio a las elites políticas, intelectuales y artísticas eran reivindicadas sin tapujos ni sofisticaciones por el millonario que llegó a la presidencia.

Esos sectores conservadores que normalmente no votaban, se identificaron con Trump. Así nació el movimiento que se adueñó del Partido Republicano y sobre la continuidad o no de esa situación deben decidir los senadores.

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