Claudio Fantini
Claudio Fantini

La disyuntiva de los republicanos

El Congreso debe decidir sobre una situación inédita que divide bibliotecas jurídicas y políticas. Pero la disyuntiva fundamental es dejar, o no, un precedente de impunidad. 

En todo caso, amén de lo que decidan los legisladores, la realidad es que el presidente ha quedado sin autoridad moral para ejercer el cargo.

La de Donald Trump es, de hecho, una “no presidencia”. El asalto al Capitolio el miércoles 6 destruyó su autoridad. Sólo tiene poder para influir sobre multitudes fanatizadas, pero no para tomar decisiones.

Desafiar la realidad causada por el estropicio institucional que implica la asonada golpista propiciada por el presidente, ocasiona nuevos estropicios. Por ejemplo haber incluido nuevamente a Cuba en la lista de países patrocinadores de terrorismo, es un acto ridículo dado que su ejecutor es el presidente de un país sospechado de instigar terrorismo interno.

Más allá del régimen cubano, que en las décadas del ‘60, ’70 y ‘80 sin dudas mereció tal calificación, resulta absurdo que lo acuse de terrorismo el presidente que lanzó multitudes armadas contra el Poder Legislativo para destruir una elección y todavía sigue amenazando a los legisladores con el “pueblo enojado”.

En rigor, Trump carece de autoridad moral para acusar de terrorismo a otros desde que enterró las conclusiones de la CIA sobre la culpabilidad de Mohamed bin Salmán en el asesinato y descuartizamiento de un disidente en el consulado saudita de Estambul, y luego por haber enterrado las denuncias contra los militares sudaneses por el genocidio de Darfur y otros crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen de Omar al Bashir.

Pero aún dejando de lado esas complicidades con autores de atrocidades, es imposible conceder autoridad moral para denunciar terrorismo al presidente cuyas últimas acciones provocaron acontecimientos que califican como “terrorismo interno”.

Aunque no renuncie y no lo destituyan antes de concluir su mandato, Trump ya es un “no presidente”.

Sólo falta que los legisladores republicanos decidan si dejar o no un oscuro precedente de impunidad; decisión institucional que implica también una decisión existencial.

Sucede que ningún líder anterior se había apropiado del viejo partido de los conservadores. Ni grandes figuras como Dwigth Eisenhower y Ronald Reagan intentaron someter esa fuerza política a sus respectivos liderazgos.

En cambio Trump lo hizo y el resultado es calamitoso. A la sombra de un líder personalista que partió la sociedad y amasó un masivo y fanatizado apoyo, el Partido Republicano se debilitó y se manchó de autoritarismo y golpismo.

Muchos legisladores conservadores, como el senador Mitch McConnell, empiezan a entender la razón de John McCain, el clan Bush, Colin Powell, Arnold Schwarzenegger y otras figuras republicanas al describir desde un principio al magnate neoyorquino como un autócrata megalómano que dañaría la democracia norteamericana. Una “aberración política” según su ex consejero de seguridad John Bolton.

La decisión que deben tomar los conservadores con bancas en el Congreso es si rescatar el Partido Republicano del autoritarismo delirante que lo abdujo, o entregárselo definitivamente.

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