Claudio Fantini
Claudio Fantini

Discursos y masacres

La conexión entre el joven que gatilló un Kalashnikov contra una multitud en Texas y el discurso recurrente de Donald Trump, pasa por la oscura teoría de un opaco escritor francés.

El autor de la masacre en el Walmart de la ciudad de El Paso, publicó en las redes un manifiesto que parece inspirado en la teoría racista que su autor, Renaud Camus, llamó “el gran reemplazo”.

En síntesis, la teoría describe cómo la civilización europea, que lleva dos milenios habitando su territorio, está siendo reemplazada en dos o tres generaciones por inmigrantes que imponen sus propias culturas.

Además de influir en Eric Zemmour, autor del libro “Le Suicide Francaise”, es posible ver reflejos de esta teoría en “Sumisión”, la novela en la que Michel Houellebecq describe, a través de un profesor universitario especializado en la obra decadentista de Joris-Karl Huysmans, cómo el crecimiento de la población musulmana termina imponiendo un presidente islamista en Francia.

La especulación demográfica de Renaud Camus aparece de lleno en “La verdad inconveniente”, el manifiesto racista que escribió Patrick Wood Crucius antes de viajar desde Dallas para entrar disparando ráfagas de AK-47 en el Walmart de la ciudad fronteriza.

En esas líneas, el joven supremacista blanco habla de “la invasión hispana de Texas”. Fue por esa perturbada visión que se encaminó a la ciudad del sur texano, puerta principal del ingreso de mexicanos, con la decisión de masacrar hispanos.

Por eso es imposible desligarlo del discurso del presidente. Desde las primarias republicanas viene describiendo la inmigración latinoamericana como una “invasión” y a las caravanas de familias migrantes que marchan desde Centroamérica como un “ejército invasor”.

En las primarias republicanas comenzó a describir a los inmigrantes mexicanos como “asesinos y violadores”. Más tarde dijo que los inmigrantes salvadoreños y haitianos provienen de “agujeros de mierda”. Y sobre cuatro legisladoras demócratas descendientes de hispanos y de africanos, dijo que “odian a Estados Unidos, aman a Al Qaeda y tienen que regresar a sus países”.

Habló como si no fueran norteamericanas y después guardó silencio ante la muchedumbre que, en un acto de campaña, coreaba “que se vayan, que se vayan...”.

Su lista de pronunciamientos racistas es larga. Incluye haber equiparado a manifestantes antirracistas con los miembros del Ku Klux Klan que protestaban en la ciudad virginiana de Charlottesville contra el retiro de una estatua de Robert Lee, el general que comandó al ejército confederado en la Guerra de Secesión.

Si un presidente alienta el desprecio étnico y el supremacismo blanco, es absurdo pretender que la masacre que perpetró en El Paso un supremacista blanco no sea vinculada con su discurso.

En su manifiesto, el atacante de la ciudad fronteriza denunció una “invasión hispana” a Estados Unidos, cuya máxima autoridad describe a la corriente migratoria como “una invasión” proveniente de Latinoamérica.

También roza a Trump la masacre ocurrida el mismo día en Ohio. La razón es que, al igual que todos los sucesos de este tipo, que en lo que va del año ya dejaron más de medio centenar de muertos, tienen que ver con el viejo problema del armamentismo en la sociedad norteamericana.

El jefe de la Casa Blanca es un ferviente defensor de la Sociedad Nacional del Rifle y del monumental negocio de la venta libre de armas de guerra. Y el año pasado, ante la masacre de estudiantes ocurrida en un colegio de Florida, no tuvo mejor idea que proponer que los maestros y profesores vayan armados a dar clases.

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