Claudio Fantini
Claudio Fantini

Desquicios argentinos

Quienes ejercen liderazgos saben, o debieran saber, que sus gestos, decisiones y actitudes, al ser tomadas como ejemplo, pueden ser imitadas por sus seguidores.

Lo sabe, o debiera saberlo, Elisa Carrió, una de las figuras notables de la oposición en Argentina y alguien que ejerce un liderazgo con rasgos mesiánicos por sus poses místicas y su discurso oracular.

Por eso, haber dicho que no se dejaría aplicar la vacuna Sputnik V porque el gobierno de Vladimir Putin es una dictadura, lo que posteriormente reiteró tras inocularse la vacuna de AstraZeneca, fue un acto irresponsable de la líder de la Coalición Cívica.

Si todos los que la toman como ejemplo decidieran imitarla, habría cometido un acto de sabotaje con consecuencias que se contarán en cientos o en miles de muertes.

En definitiva, si por no provenir de un país democrático la gente debiera rechazar vacunas, Latinoamérica estaría a la intemperie en materia de inmunidad frente al coronavirus debido a que la abrumadora mayoría que llegó a la región provienen de China, país con régimen de partido único.

Además de absurda, la posición de Elisa Carrió fue de una indolente y gigantesca irresponsabilidad. Siendo las vacunas el principal instrumento para luchar contra la pandemia, la misión de los liderazgos es combatir con prédica y ejemplo la resistencia que siempre existen de quienes las ven desde teorías conspirativas, a los que se suman los temores por el hecho de que, por las circunstancias imperantes, debieron crearse en tiempo récord.

No fue la única irresponsable en un escenario político plagado de desquicios. Sin exhibir pruebas, Patricia Bullrich acusó al gobierno de Alberto Fernández de haber dejado a la Argentina sin vacunas de Pfizer porque ese laboratorio “se negó a negociar sobornos”.

En algún momento el presidente Fernández tendrá que explicar con elementos probatorios la razón por la cual su gobierno no logró traducir en envíos tempranos de vacunas de Pfizer el aporte que hicieron miles de voluntarios argentinos a las pruebas de ese laboratorio. Tendrá que demostrar que no fue inoperancia, negligencia o alguna otra razón, porque está claro que de haber ingresado más vacunas en el verano habría menos muertos en este otoño.

Pero la presidenta del PRO podría haberse sumado a los cuestionamientos por el fracaso de la negociación con Pfizer, sin cometer la irresponsabilidad de plantear una denuncia tan estruendosa sin las pruebas en la mano.

Bullrich podría haber planteado la sospecha de un pedido de soborno, pero dejando en claro que se trata de una hipótesis cuya veracidad no está demostrada. Sin embargo, dio como probado algo que no lo estaba. Y eso le resta credibilidad a su prédica de “república, institucionalidad y Estado de Derecho”.

Por cierto, la irresponsabilidad no está sólo en la oposición. El sabotaje permanente del kirchnerismo a las gestiones del ministro de Economía, Martín Guzmán, ante el FMI, es otra prueba del desquicio.

Con la economía famélica y un gobierno sin ideas, la parte del oficialismo que lidera la vicepresidenta Cristina Kirchner, en nombre de un supuesto purismo ideológico y declarando “neoliberal” a Guzmán y a su mentor, el economista neo-keynesiano Joseph Stiglitz, desató una puja interna agregando razones al pánico que ahuyenta inversiones.

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