Claudio Fantini
Claudio Fantini

El delirio asalta a la realidad

¿Exageró Arnold Schwarzenegger al comparar el asalto al Capitolio con “La noche de los cristales rotos”? ¿Cuál es la correlación entre la asonada golpista impulsada por Donald Trump con el “novemberpogrome” alemán de 1938?

Aunque alentó el racismo y la xenofobia, suena descabellado comparar al tambaleante presidente norteamericano con Hitler. Sin embargo, la falsificación absoluta de la realidad mediante teorías conspirativas justifica que el actor que gobernó California haya comparado el asalto al Capitolio con la “Kristallnacht”. Schwarzenegger nació y creció en Austria, su aborrecido padre integró la rama austriaca de las Sturmabteilung (SA) que comandaba Ernst Röhm y el ataque del ’38 a los judíos fue una siniestra señal de la delirante criminalidad nazi.

Por no haber reaccionado de manera debida al “Putsch de Münich”, los alemanes entendieron tarde que “ein putsch darf sich niemals lohnen”: un golpe de estado jamás debe valer la pena.

Por delirantes que parezcan, las teorías conspirativas que hoy corren por las redes mueven océanos de gente. Lo prueba el único ataque al Capitolio ocurrido desde 1814, cuando lo incendiaron soldados británicos en el marco de la guerra que James Madison había declarado al Reino Unido en 1812.

Ahora fueron organizaciones racistas y grupos lunáticos que proponen “ejecutar” a Hillary Clinton, demonizan a George Soros y sostienen que al mundo lo maneja una secta satánica de pederastas.

Ese fue el ejército delirante con que Trump lanzó su fallido golpe para destruir la elección que perdió. No debe sorprender. Dividiendo la sociedad, inoculando odio político y acusando a grandes medios de comunicación de complotar contra el interés nacional, amasó un núcleo duro de apoyo fanatizado. Y lo alimentó con teorías conspirativas.

El rasgo particular del trumpismo, igual que en el “conspirativismo” de Olavo de Carvalho (el ideólogo esotérico en el que se inspiran Jair Bolsonaro y su canciller, Ernesto Araujo) es que las teorías conspirativas que irradió fueron más delirantes y extremas que el “lawfare”, relato de conspiración que, al menos, tiene algún vínculo con la realidad a la que deforma.

El trumpismo lunático no está sólo en Estados Unidos. En todo el mundo hay quienes repiten que en la elección hubo un “fraude masivo” para “imponer el comunismo y convertir a la superpotencia occidental en Venezuela”.

Ha comenzado otra era de teorías conspirativas. En la antigüedad, el “conspirativismo” incubaba en las religiones y más tarde en su versión secular: las ideologías. En lo más oscuro del Medioevo, el fanatismo católico acusó a los judíos de causar la “peste negra” envenenando ríos y arroyos para exterminar a los cristianos de Europa. Empezó así la estigmatización que causó siglos de pogromos y segregación. El nazismo continuó la tarea y produjo el Holocausto.

Hoy es en las redes sociales donde se incuban. Los cíber-invernaderos germinan la “para-realidad” que termina reemplazando a la “realidad real”.

No se trata de una guerra entre la verdad absoluta y la absoluta mentira. En el terreno racional del pensamiento democrático, las diferentes posiciones filtran la realidad en función de sus propios intereses y convicciones. Foucault tomó de Nietzsche que “no hay hechos sino interpretaciones de los hechos”, para concluir que la verdad es una creación del poder.

Aún así, en la vereda de la razón democrática las distintas versiones de la realidad se parecen mucho más a la realidad que las teorías conspirativas.

Por lo eso, lo más inquietante no es que turbas delirantes hayan atacado el Capitolio, sino que millones de personas en el mundo prefieran creer lo que es absurdo, negando la realidad visible y comprobable.

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