Claudio Fantini
Claudio Fantini

Déjà vu totalitario

Un déjà vu totalitario recorrió la Plaza de la Paz Celestial. Bajo la gran puerta, un líder con chaqueta sin cuello contemplaba la multitud y por la avenida Chang’an desfilaban soldados, tanques y misiles intercontinentales.

Pero el líder que encabezaba la exhibición de masas y poderío militar no era Mao Tse-tung, sino Xi Jinping. La multitud no era de campesinos pobres, sino de empleados estatales bien alimentados y elegantemente vestidos. Y el desfile militar no exhibía viejos fusiles europeos Mauser y Lee-Enfield, ni los Kalashnikov llegados luego desde la Unión Soviética. Ostentaba poderosos y sofisticados misiles DF-41, DF-17 y JL-2, naves hipersónicas y modernos helicópteros Z-10 y Z-19.

Mao estaba en el retrato gigante de la gran Puerta y su nombre brotaba del cuello de la chaqueta de Xi Jinping. Pero el poderío exhibido en ese acto de reminiscencias totalitarias no es la consecuencia del colectivismo maoísta y el fervor ideológico de la Revolución Cultural. La economía de planificación centralizada fracasó en China. Lo que convirtió al gigante asiático en la segunda potencia económica fue la incorporación del capital privado a partir de las reformas de Deng Xiaoping.

El de China no es un capitalismo liberal, pero es capitalismo. Ese es el motor principal de su formidable despegue económico. A la apertura iniciada por Deng y Zhao Ziyang la preservaron Yang Shankun, Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping. Todos mantuvieron también el autoritario régimen de partido único que reafirmó Li Peng ordenando en 1989 la masacre de Tiananmén para que, a diferencia de la Glasnost y la perestroika que hicieron desaparecer la URSS, China sobreviva bajo el imperio del aparato partidario que triunfó sobre el Kuomintang y creó la República Popular hace 70 años.

El Partido Comunista es heredero del Estado que comenzó a construir Sun Yat-sen con la revolución republicana de 1912. El gran aporte del PCCh fue la unificación territorial, que abarcó numerosas etnias, religiones y lenguas, y la creación de un Estado que ya no sería manejado y degradado por potencias extranjeras.

Fue tan fuerte que pudo sobrevivir al fracaso del modelo económico marxista. Pero además de imponer un totalitarismo con campos de concentración, purgas y cacerías de brujas, anexionó el Tíbet y sometió con brutales represiones a etnias díscolas como la de los uigures, en la región de Xinjiang.

No obstante, a partir de las reformas y la apertura, el totalitarismo fue trastocando en un autoritarismo más laxo, aunque decidido a impedir la democracia pluralista y las libertades individuales.

Al derrotar en la interna del partido a Bo Xilai y su propuesta de retorno al maoísmo duro, el empoderado Xi mantuvo el rumbo que fortaleció a China en niveles jamás vistos. El gigante asiático se expande en el mar creando islas artificiales en detrimento de aguas territoriales de Japón, Filipinas y Vietnam, mientras libra la guerra comercial con Trump y proyecta su sombra sobre Taiwán.

Pero no todo es sumisión al poderío del Estado chino. El día que cumplió 70 años, Hong Kong volvió a desafiarlo con protestas masivas. En la represión hubo seis balas, una de las cuales perforó el pulmón de un joven manifestante. De todos modos, la urbe financiera aún no se convirtió en la Tiananmén ensangrentada de 1989.

Los tanques y misiles que atravesaban la avenida Chang’an no amedrentaron a los jóvenes hongkoneses. Mientras las armas desfilaban en Beijing, sus barricadas volvían a exigirle a China que mantenga lejos de ellos sus sistemas jurídico y político.

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