Claudio Fantini
Claudio Fantini

Defenderse atacando

"La historia me absolverá”, dijo Fidel Castro en su alegato en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada.

Cristina Fernández de Kirchner también procuró que su alegato deje una marca histórica, pero su reclamo de absolución fue más práctico. No estuvo dirigido a la historia, sino a la Corte Suprema.

La máxima instancia de la Justicia argentina debe pronunciarse sobre varios recursos de amparo presentados por la defensa de la vicepresidenta electa. Uno de esos recursos dice que el caso del direccionamiento de contratos de la obra pública ya ha sido juzgado en Santa Cruz. Y la acusada de “jefa de una asociación ilícita” en esa causa procura que los jueces supremos lo declaren “cosa juzgada”.

Con el peso de su investidura, el mensaje que envió a la Corte constituye una fuerte presión sobre sus miembros. Si no hacen caer este caso como una torre de naipes, serán parte del “lawfare” del que se describe víctima.

Esa teoría conspirativa plantea que los presidentes “progresistas” que están procesados o encarcelados, son víctimas de una guerra judicial cuyo objetivo es mancharlos y sacarlos del escenario político.

Según esta visión, en los países donde han implementado sus políticas progresistas hay jueces y fiscales complotados para someterlos a procesamientos por corrupción, con el objetivo de allanar el camino a los proyectos neoliberales que esos líderes obstruyen.

Los grandes medios de comunicación son una parte fundamental del lawfare porque instalan la certeza de culpabilidad y destruyen la reputación de los acusados, quienes terminan siendo “presos políticos”.

La lente que permite ver las cosas de ese modo, ni esclarece del todo la realidad, ni la distorsiona totalmente. En algunos casos acierta, en otros acierta en parte y en muchos desacierta por completo. Pero como toda teoría conspirativa, su objetivo no es la verdad de los hechos sino la funcionalidad política que puede tener la interpretación de esos hechos.

En definitiva, no existe el gobernante acusado de corrupción que no se declaré víctima inocente de un complot. El último caso es Benjamín Netanyahu, quien habló de golpe de Estado y conspiración contra Israel ni bien fue imputado por la Fiscalía General.

No obstante, en el caso que tiene en vilo a la Argentina no todo debe ser puesto bajo sospecha de victimización. Recurriendo al sentido común y ateniéndose a lo que está a la vista, es posible sospechar de operaciones políticamente guiadas. Los ejemplos son varios, pero uno de los más evidentes fueron las “filtraciones” de escuchas de conversaciones telefónicas privadas de la expresidenta. Esas escuchas fueron ordenadas por jueces y sólo podían ser escuchadas por quienes llevan la causa. Sin embargo, se filtraban de los juzgados y eran difundidas por radio y televisión sin que nadie impida esa difusión ni investigue las filtraciones.

En parte, el lawfare es aplicable a Cristina. No suena descabellado que esas filtraciones producidas en juzgados y machacadas en medios de comunicación, hayan sido operaciones políticas. El problema es que el sentido común y lo que está a la vista también juegan en contra de CFK. Sobre todo por los descomunales e inexplicables enriquecimientos ocurridos en torno al matrimonio patagónico.

El politólogo búlgaro Iván Krastev señala como rasgo de esta etapa de la historia la inusitada cantidad de fuerzas políticas que se organizan en torno a teorías conspirativas. Y el kirchnerismo es un claro ejemplo.

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