Claudio Fantini
Claudio Fantini

Cristina y las líneas rojas

Parece avanzar hacia las líneas rojas y da señales de estar dispuesta a trasponerlas. Con su sentido histriónico de la política, pasó del silencio ausente al pronunciamiento epistolar y a la acción para doblegar a la Corte Suprema de Justicia.

Las actuaciones de Cristina Kirchner relegan al presidente a segundos planos. Como un actor de reparto, Alberto Fernández va perdiendo protagonismo. Se convierte en un eco de su vicepresidenta balbuceando justificaciones y aprobaciones a lo que ella dice al dar cada paso hacia las líneas rojas. Con cada aprobación y justificación, el mandatario borra lo que siempre sostuvo sobre el Estado de Derecho.

Cristina empezó a ser explícita en su ataque al Poder Judicial. Mientras acusa a los jueces supremos de posibilitar el lawfare en su contra, moviliza agrupaciones kirchneristas a reclamar la libertad de los “presos políticos”.

Para la mayoría de los argentinos, es sencillamente absurdo llamar presos políticos a personajes como Amado Boudou y Julio De Vido, entre otros. Para esa mayoría, está claro que el ex vicepresidente intentó adueñarse de una fábrica de billetes a través de amigos y lugartenientes. También resulta claro que, como el ex ministro de Planificación Federal, no actuó por cuenta propia, sino cumpliendo órdenes de Néstor Kirchner. Esa es, precisamente, la bala de plata que les queda para obligar a Cristina a usar toda su fuerza política para liberarlos.

Es posible suponer que, durante los meses del silencio, la líder del kirchnerismo esperó que el hombre al que convirtió en presidente se encargara de que juzgados, cámaras y Corte Suprema desactivaran los procesos por corrupción que la llevaron al banquillo de los acusados y que pusieron en prisión a figuras claves de sus gobiernos. También es posible suponer que, si del silencio pasó a los pronunciamientos epistolares y a la embestida para controlar o, en su defecto, destituir a los jueces supremos, es porque considera que Alberto Fernández no hizo lo que tenía que hacer.

Embistiendo contra la Corte Suprema, Cristina expone su propia debilidad y la fragilidad del gobierno que ella armó. Pasar a la acción como lo está haciendo, exhibe la preocupación por los fracasos que tuvieron sus intentos de que la propia Justicia, a través de jueces y de cámaras, enterrara los procesos por corrupción.

Le preocupa que Boudou termine gritando a los cuatro vientos que su intento de apropiación de la empresa Ciccone Calcográfica fue por encargo de Néstor Kirchner. En Argentina nadie cree, salvo los que quieren y necesitan creer, que un funcionario se haya atrevido a semejante cosa por su propia cuenta y a espaldas del omnisciente ex presidente. Creerlo sólo es posible desde la fe política que profesa la feligresía que tiene a Cristina como sacerdotisa.

La mayoría no cree que Boudou y De Vido sean presos políticos ni que las principales causas contra Cristina sean invenciones de medios de comunicación y magistrados que se confabulan para destruirla.

La pregunta es hasta dónde está dispuesta a llegar para imponer su teoría conspirativa como versión oficial de la realidad. ¿Atravesará las líneas rojas de la institucionalidad? Y si lo hace, de qué lado se colocará el presidente.

A la deriva autoritaria en Venezuela no la inició Nicolás Maduro. Al perder el apoyo mayoritario, el régimen residual chavista convirtió en dictadura lisa y llana lo que con Hugo Chávez era un “mayoritarismo” autoritario. Pero el líder fallecido cruzó las líneas rojas en el 2004 al agregar doce jueces al Tribunal Supremo para dominarlo, llevando el número de miembros de 20 a 32.

Como hijo de juez, como abogado y como profesor de Derecho, Alberto Fernández lo sabe bien. Por eso crece la pregunta a medida que su protagonismo es opacado por Cristina: ¿Obedecerá a la vicepresidenta o asumirá la defensa del sistema institucional?

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