Claudio Fantini
Claudio Fantini

Cristina y su caballo de Troya

Si el caballo de Troya hubiera tenido la cara de Agamenón y un vientre de vidrio que visibilizara los guerreros aqueos, los troyanos no lo habrían dejado entrar a la ciudad amurallada.

El problema de la fórmula kirchnerista es que parece un caballo de Troya con la cara de Alberto Fernández pero con Cristina visible en su interior. O sea, una fórmula que no logra parecer otra cosa que una estratagema para atravesar muros, pero sin capacidad de engaño sobre su naturaleza misma: un testaferrato político.

En el kirchnerismo la dueña del poder es Cristina Kirchner. No importa el cargo que desempeñe o el lugar que ocupe en la fórmula. Su naturaleza le impide subordinarse a otro. Como dueña de los votos, ella sería “el poder” aunque otro figure como presidente.

La única excepción es que necesite a ese otro, Alberto Fernández, para que pague el costo político del ajuste y los entendimientos con el FMI que le impondrá la realidad al próximo gobierno, dejando “incontaminada” a la verdadera jefa.

Como el populismo sólo funciona en momentos excedentarios que producen rentas extraordinarias, un presidente muleto sería el escudo perfecto para que, en este tiempo de vacas flacas, la líder kirchnerista atraviese el campo de batalla escudándose en él, para que sea ese cuerpo el que reciba las flechas y las lanzas.

La jugada de Cristina fue sorpresiva y sorprendente; o sea inesperada en el momento y en la forma. Toda jugada sorpresiva y sorprendente tiene, como primer efecto, la sensación de ser una obra maestra de la estrategia. Una genialidad que muestra la distancia oceánica entre la capacidad de liderazgo del autor con la de sus contendientes.

Pero ese primer efecto puede desvanecerse pronto. Lo que al principio obnubila como una jugada maestra, puede acabar pareciendo un adefesio; el truco de un prestidigitador torpe.

Así lo vieron desde el vamos quienes pintaron en paredes porteñas “Alberto presidenta”. También el editor del diario Perfil que tituló “Alberto Fernández de Kirchner”.

Resulta inevitable suponer que, de ganar la elección, el elegido de Cristina será un nuevo Cámpora, o sea un presidente descartable destinado a servir a los designios del verdadero propietario de los votos. Un Giuseppe Conte, premier italiano al que nadie ve como jefe del gobierno sino como pantalla del verdadero jefe: Matteo Salvini.

La historia está plagada de ejemplos que acabaron mal: Raúl Cubas fue el presidente que llegó con los votos del general Lino Oviedo, empujando al Paraguay a un desastre con magnicidio incluido. Santos llegó a la presidencia con los votos de Uribe y la relación terminó en una pelea que complicó la política colombiana. Lo mismo ocurrió con Lenin Moreno y el dueño de los votos que lo convirtieron en presidente de Ecuador: Rafael Correa.

También hay enroques de poder que salen bien, como el que hizo Putin con Dmitri Medvediev.

La solidez, aunque también con riesgo, de la jugada de Cristina está en que Alberto Fernández no es un pusilánime manejable como un títere, sino un funcionario eficaz, inteligente y con una personalidad muy fuerte, que supo renunciar al gobierno de Cristina cuando sintió que no era tomado en serio. Por eso, la líder K puede mostrar su fórmula no sólo como una apuesta a los consensos, sino como un ejercicio de autocrítica.

La ex presidenta la exhibirá como una asunción de los errores que, durante la mayor parte de sus mandatos, Alberto le señaló con dureza. Lo que es difícil de imaginar es que pueda ser la segunda de alguien que no sea Néstor Kirchner.

Que su sorpresivo y sorprendente anuncio demuestre ser una jugada maestra dependerá de cómo mueva sus fichas el peronismo no kirchnerista que lideran Juan Schiaretti y Miguel Pichetto moldeando una tercera opción.

De momento, lo que se ve es un caballo de Troya con la cara de Agamenón y los soldados griegos perceptibles a simple vista.

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