Claudio Fantini
Claudio Fantini

La clonación del fanatismo

Khorasán significa “donde sale el sol”, es el nombre de una de las 31 provincias iraníes, pero también denomina a la extensa región que abarca el Este de Irán, el Oeste de Afganistán y territorios en Turkmenistán, Tadyikistán y Uzbekistán.

Desde el 2015, esa palabra de origen persa integra la denominación del brazo centroasiático de ISIS. Y Joe Biden la pronunció para explicar su apuro en terminar el 31 de agosto la evacuación desde Kabul. El jefe de la Casa Blanca dijo que pronto empezarán los ataques de Estado Islámico Irak-Levante-Khorasán (ISIS-K) sobre el aeropuerto de la capital afgana.

Para que no sean esos jihadistas que juraron lealtad a Abú Bakr al-Bagdadí quienes propinen la humillación final a Estados Unidos, los talibanes dejaron de lado los buenos modales con Washington y dieron un ultimátum. De este modo, la salida de los norteamericanos, además de una catástrofe humanitaria, se convirtió en una huida a las apuradas, por lo tanto aún más indigna y humillante.

Los talibanes siempre evitaron la confrontación directa con las fuerzas norteamericanas. Cuando los atacaban, lo hacían detonando coches-bomba en las cercanías de alguna base o, a través de la Red Haqqani, lanzando atentados suicidas, pero evitaban las batallas abiertas y frontales. Por eso el único punto de los acordados con Trump que cumplieron fue no atacar a las fuerzas estadounidenses.

Entonces ¿por qué decidieron propinarle semejante humillación al exigir que se hayan ido todos el primer día de setiembre? ¿Por qué desgarrar aún más la imagen ya hecha girones de la potencia occidental?

Por un lado, porque resulta fácil. A Estados Unidos ya no le quedan en el terreno efectivos suficientes para reconquistar Kabul doblegando a los talibanes que ocuparon la ciudad. Podría bombardearlos desde el aire, pero masacrarían más civiles que combatientes pashtunes. A Joe Biden y al Pentágono no les queda otra alternativa que bajar la cabeza y apurar todo lo que puedan la salida, tratando de traicionar a la menor cantidad posible de afganos que los ayudaron en estos años y que quedarán al alcance de la venganza talibán.

La otra razón que llevó a los talibanes a dejar de lado su promesa de permitir una salida tranquila, es precisamente la irrupción del Estado Islámico Khorasán. No puede permitir que sea ISIS-K el que termine de sacar a empujones a los norteamericanos. A la patada final en el trasero de la potencia occidental, deben darla ellos, los talibanes, y no esos impostores que llevan años ingresando desde Pakistán.

ISIS-K surgió hace seis años como desprendimiento del Terik-e-Talibán-Pakistán, una de las milicias pashtunes incubadas en el Valle de Suat que tuvo comandantes que decidieron sumarse a la Jihad global de ISIS.
La diferencia entre el Talibán y el ISIS-K no está en la interpretación del Islam. Ambos son demencialmente radicales interpretando el Corán y los hadices que compendian la cosmovisión islámica desde el dogma y los rituales hasta los hábitos cotidianos. La diferencia principal está en que el talibanismo aspira a un emirato, mientras que ISIS procura un califato.

Ergo, los talibanes tienen un proyecto local que, a lo sumo, puede alcanzar el territorio pashtún de Pakistán, mientras que ISIS tiene un proyecto imperial que empezó a incubarse en Al Qaeda y aspira a crear un Estado islámico que abarque lo que abarcó el Imperio Otomano, incluyendo también Al Andaluz, o sea la antigua España morisca.

Una diferencia similar a la que separaba a las dos milicias chiitas que actuaron en la guerra civil libanesa. La milicia Amal pensaba una revolución exclusivamente en el Líbano, mientras que Hizbolá internacionalizaba un proyecto teocrático.

Pero los talibanes y el ISIS-K, a diferencias de los dos grupos chiitas libaneses, nunca pactaron un acuerdo. Así como ISIS fue un desprendimiento de Al Qaeda, en cuyo interior fue incubado en Irak por el jordano Abu Mussab al Zarqawi, escindiéndose cuando su último líder, Abu Bakr al-Bagdadí, quiso ampliar su guerra a Siria; el ISIS-K es una suerte de desprendimiento del talibán cuyas principales bases están en Pakistán y que incursionó en Afganistán donde realiza ataques contra los talibanes afganos.

No es la única milicia enemiga que tiene el nuevo régimen afgano. También está la milicia tadyika que lidera Ahmed Masud, hijo del comandante Ahmed Shah Masud, el legendario León de Panshir.

Pero los milicianos tadyikos no amenazan los derechos ganados por las mujeres ni a las minorías hazara, uzbeka, baluchi, aimak y nuristani. La amenaza son ISIS-K y el talibán, milicias entre las cuales hay otra diferencia: Estado Islámico Khorasán, como los demás brazos de ISIS, no tiene posibilidad de moderarse, en cambio el talibán sí. Es una posibilidad ínfima, pero existe. Y se concretará si al frente del nuevo régimen quedan los pocos dirigentes que, como Abdul Ghani Baradar y Abas Stanekzai, vivieron en Qatar, recorrieron países árabes y negociaron con los norteamericanos. Esa experiencia los hace preferir el modelo de los reinos arábigos, que son autoritarios y medievales pero no regímenes lunáticos como el que lideró el mullah Omar.

Aunque limitado, ese contacto con el mundo los diferencia de los otros cabecillas pashtunes, jeques telúricos y ensimismados que no pueden ver más allá de sus turbantes.

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