Claudio Fantini
Claudio Fantini

Chivo expiatorio

Algunos gobernantes terminan convertidos en el perfecto chivo expiatorio que necesitan sociedades y dirigencias para sobrellevar sus fracasos más traumáticos.

Fernando de la Rúa es un ejemplo del líder sometido al escarnio para expiar culpas que sobrepasan largamente su propia responsabilidad.

Recién frente a su féretro, la clase política habló de la honestidad y de los logros como legislador y como funcionario que había tenido el ex presidente.

También hubo voces denunciando la organización de protestas para “tirarle muertos” que causaran su caída, así como la actitud del FMI empujando la economía al abismo para que su gobierno estallara.

Sólo les faltó admitir que los errores y negligencias que cometió De la Rúa en la presidencia, permitieron a una clase dirigente inepta y obtusa convertirlo en la gran coartada para tapar sus propias negligencias y mediocridades.

Argentina fracasó en el intento de tener una coalición de centro-izquierda como la que tuvo tanto éxito en Chile. Por cierto, De la Rúa no estuvo a la altura de Aylwin y Frei, ni de Lagos y Bachelet. Pero el resto en las cúpulas del radicalismo y el Frepaso tampoco estuvo a la altura de las dirigencias socialista y democristiana que democratizaron Chile.

Probablemente muchos jóvenes argentinos con menos de 20 años no sabrían poner el nombre De la Rúa junto a la foto del ex presidente, pero sí lo colocarían en la foto del helicóptero que despegó de una terraza.

La imagen de la nave elevándose desde los techos de la Casa Rosada parece abarcar toda la historia del hombre que, en ese momento, volaba hacia un ostracismo cargado de humillaciones y de procesos judiciales.

Cuando los tribunales finalmente lo eximieron de culpa por las muertes que dejó la represión horas antes de su renuncia, y por los supuestos sobornos en el Congreso, la prensa lo informó en recuadros diminutos que contrastaron con los grandes titulares que habían anunciado las acusaciones en su contra.

En una de esas acusaciones, la de los presuntos sobornos para lograr una reforma laboral, su vicepresidente encontró la excusa para huir de un gobierno que estaba naufragando.

Carlos “Chacho” Alvarez había sido un entusiasta defensor de la convertibilidad con paridad un peso un dólar, la política económica que estaba colapsando. Menem y Cavallo habían derrotado la inflación con ese plan económico, pero hacia el final del menemismo ya estaba agotado.

Sin embargo, una clara mayoría de argentinos seguía abrazada a la política que los había rescatado de la hiperinflación. Eso condicionó a los candidatos a comprometerse con su continuidad.

De la Rúa tenía un diagnóstico errado sobre la convertibilidad, pero no era el único dirigente equivocado. Con la excepción de Duhalde, Alfonsín y otros pocos que apenas susurraban sus críticas, el oficialismo y el peronismo defendían el 1 a 1.

La renuncia del vicepresidente fue el tiro de gracia que dejó al gobierno desangrándose y con los días contados. Pero al derrumbe lo provocó el devastador colapso del plan económico al que habían apostado la mayoría de los argentinos y esa clase dirigente que, en el 2001, cargó sus miserias en el helicóptero que despegó del techo de la Casa Rosada, para que las frustraciones y culpas se fueran con De la Rúa.

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