Claudio Fantini
Claudio Fantini

El verdadero centrismo

El centro no es un punto intermedio entre la derecha dura y la izquierda dura. El centro es el punto que se sitúa en las antípodas de ambas.

A mediados del siglo 20, el centrismo era la posición que tomaba elementos de la izquierda y también de la derecha, pero eso ha cambiado en las últimas décadas. Las radicalizaciones acercan a las posiciones ideologizadas, alejándolas del centro.

Aunque resulte paradójico, es allí, en el centro, donde está el verdadero otro polo. Entenderlo es crucial en este tiempo de liderazgos que, desde la izquierda y la derecha, buscan situarse por encima de las leyes, debilitando al Estado de Derecho.

Angela Merkel lo entendió. Por eso lleva tiempo formando coaliciones con los socialdemócratas y no con la extrema derecha agrupada en AFD. Y por la misma razón obligó a sus correligionarios de Turingia a abandonar el gobierno encabezado por el liberal Thommas Kemmerich, quien terminó renunciando tras haber intentado formar en ese Estado alemán un gobierno que incluyó a los ultraderechistas.

En Turingia gobernaba Die Linke (La Izquierda), fuerza política que desciende del partido comunista que, con Walter Ulbricht y Erich Honecker, imperó en la RDA y levantó el Muro de Berlín. Centroderechistas y liberales entendieron que sacar de poder esa fuerza de izquierda dura justificaba aliarse a la ultraderecha. Fue un error.

Lo ocurrido en Turingia puso en crisis a la CDU, el partido de la centroderecha alemana, obligando a su presidenta, Kramp-Karrembauer, a renunciar al liderazgo del partido y también como sucesora de Merkel.

La canciller y una parte del liderazgo socialdemócrata entienden que la centroderecha y la centroizquierda deben aliarse entre sí, antes que hacerlo con la ultraderecha de AFD y con la ultraizquierda de Die Linke. Si hubieran tenido la misma prioridad Pedro Sánchez y Pablo Casado, el PSOE y el PP habrían realizado las concesiones mutuas necesarias para formar una gran coalición que evitara en España un gobierno nacional que incluye a Podemos y partidos separatistas. También habrían evitado la coalición que incluye a Vox en Andalucía.

Este tiempo favorece a los extremos. En Gran Bretaña, el Partido Conservador no cogobierna con los ultranacionalistas liderados por Nigel Farage, pero le arrebató sus principales banderas y las ejecuta desde el poder. Por eso se concretó el Brexit y Boris Johnson se apresta a restringir notablemente el ingreso de inmigrantes.

Por la misma, el primer ministro contrató a Andrew Sabisky como asesor del gobierno, a pesar de ser conocidas sus teorías racistas, como que los norteamericanos negros son intelectualmente inferiores a los blancos, y por impulsar la eugenesia que “impida la formación de una subclase permanente”.

Sabisky tuvo que dimitir no porque el gobierno tory advirtiera el error de incorporar a un racista, sino por la presión de los opositores laboristas y liberal-demócratas.

En este tiempo de tendencias extremas, las sociedades se parecen a esa hinchada portuguesa que coreaba insultos racistas contra un jugador que, ofendido, abandonó el campo de juego. Sus compañeros de equipo intentaron detenerlo para que siga jugando, cuando lo que debían hacer era irse con él. Los rivales también debieron dejar de jugar. Pero nadie reaccionó de manera eficaz contra el creciente racismo. La misma falta de reacción se ve en la política, frente al asenso de los extremos.

Faltan los liderazgos capaces de explicar que el centro no es el punto intermedio entre la derecha dura y la izquierda dura, sino lo que está en las antípodas de ambas.

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