Claudio Fantini
Claudio Fantini

Brasil: virus y psicopatía

Brasil vive “un momento trágico de la historia” en el que “millones de personas están pagando el alto precio” de tener “un psicópata” en la presidencia.

A semejante descripción no la hizo un marginal, un anarquista irresponsable ni un izquierdista radicalizado, sino Joao Doria, el multimillonario conservador y partidario de la ortodoxia libremercadista que gobierna el Estado más poderoso y poblado de Brasil.

Primero fueron voces de los sectores atacados por Jair Bolsonaro los que llamaron “psicópata” al exponente de la ultraderecha que ocupa el despacho principal del Planalto. Después fue un coro de dirigentes, artistas y militantes situados en la izquierda y centroizquierda quienes calificaron de ese modo al presidente. A ese coro acaba de sumarse Doria.

Bolsonaro es el gobernante de este tiempo al que más veces han llamado psicópata. Supera a Duterte, el presidente filipino que en eventos públicos se adjudica crímenes con truculenta naturalidad.

Joao Doria pertenece al PSDB, está situado en la centroderecha política y, en términos económicos, su propuesta con marcado acento en reducir impuestos, Estado y regulaciones, para dar más libertad y protagonismo al mercado y a la actividad privada, lo coloca en las cercanías de Paulo Guedes, el ministro de Hacienda que adhiere con devoción a los principios establecidos por Milton Friedman y Arnold Harberger.

En las últimas décadas se ha naturalizado el uso de insultos de grueso calibre y descalificaciones fuertísimas entre dirigentes y gobernantes. Esa naturalización no debe ocultar la gravedad de ciertos casos.

Que en Brasil haya un coro de voces llamando “psicópata” al presidente, debiera hacer sonar alarmas.

La psicopatía es un trastorno antisocial extremo, que implica la inexistencia de empatía y de arrepentimiento por los daños y los sufrimientos causados a otros. En Europa, particularmente en Alemania y Francia, la psiquiatría decimonónica detectó esta patología. La consideración del otro como algo despreciable o como una cosa, el deseo de causarle daño y sufrimiento, así como también la inexistencia total de remordimiento por esos daños y sufrimientos infligidos, son rasgos de la enfermedad a la que el norteamericano Hervey Cleckley agregó otro, en su libro “La máscara de la cordura”: el psicópata tiene su patología camuflada con un disfraz de normalidad. Ni en su fisonomía ni en sus gestos es visible el trastorno.

En este punto Jair Bolsonaro se diferencia, porque en los casi treinta años que fue diputado y también en el tiempo que lleva como presidente, jamás ha ocultado sus rasgos describibles como psicopáticos.

Durante décadas centró las expresiones públicas de sus desprecios en izquierdistas, negros, indígenas y homosexuales. La llegada del virus mostró otros rasgos de su falta de empatía. En este caso, fue indolente con quienes, por edad o por vulnerabilidades de salud, corren peligro de muerte o de graves convalecencias.

La inoperancia y el desgobierno son tan grandes que la Amazonia brasileña recibió respiradores de Venezuela, porque el gobierno federal no la había provisto de los instrumentos necesarios para tratar los casos más graves. De este modo, hasta el calamitoso régimen chavista pudo lucirse asistiendo a uno de los rincones del Brasil que quedaron totalmente desamparados.

Desde que comenzó la pandemia el gobierno federal ha sido una obstrucción en lugar de ser un centro de coordinación y abastecimiento de las políticas sanitarias estaduales. El presidente no ha liderado la lucha contra el covid sino que, por el contrario, la saboteó. Y a esta altura de la pandemia, el colapso sanitario no está sólo en rincones remotos del país, sino en sus principales estados y ciudades.

Mientras el mundo mira espantado las estadísticas de Brasil, los países vecinos empiezan a verlo como un peligro para toda la región.

También empiezan a descubrir que tener un presidente al que es posible calificar de “psicópata”, no sólo es un problema de los brasileños, sino de toda Sudamérica.

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