Claudio Fantini
Claudio Fantini

Borgen y la Argentina

Borgen es la creación de Adam Price en la televisión danesa. 

Con el nombre con que llaman familiarmente los habitantes de Copenhague al Palacio Christiansborg, donde funciona el Folketing (parlamento), la historia muestra las dificultades que afrontan los líderes de una fuerza centrista llamada Partido Moderado, para lograr razonables acuerdos con otras fuerzas.

El Partido Moderado es la metáfora de la sensatez, la honestidad política y la voluntad de diálogo a izquierda y derecha.

Expresa la contracara de la radicalización que está partiendo sociedades y allanando el paso al mesianismo autoritario en el mundo de estos tiempos.

Simboliza la capacidad de entender que la razón no está absolutamente presente en una posición y, por ende, absolutamente ausente en la otra, sino que se reparte entre posiciones diferentes en distintos porcentajes.

En el ejemplo norteamericano, el Partido Moderado ganó las primarias de los demócratas pero fue arrasado en las de los republicanos.

Algo similar pasó con los laboristas y los conservadores británicos. En la centroizquierda fue desplazado el radicalizado Jeremy Corbin, pero a los tories los conduce el demagógico primer ministro Boris Johnson.

En esta etapa de la historia, las posiciones radicalizadas y los espacios políticos donde fermenta aborrecimiento al “otro” son políticamente más rentables que las posiciones que defienden el consenso por sobre la confrontación.

Las dificultades que los dialoguistas tienen en un país escandinavo, como Dinamarca, se multiplican en países donde, como en muchos de Latinoamérica, abundan las dirigencias decadentes, corrompidas y empapadas de ideología autoritaria.

Algunos miembros del gobierno de Alberto Fernández, así como también un sector de la dirigencia opositora, expresan el Partido Moderado en la Argentina.

Pero en el oficialismo la mayor gravitación la tiene el sector que glorifica la confrontación, mientras que en la oposición todavía vociferan y amedrentan los que afirman que dialogar es “traicionar la república”.

En ambos casos, los “confrontacionistas” descalifican a los moderados de su propia vereda. Son más agresivos para denostar a los moderados propios que a los radicalizados del otro bando. Desprecian más la moderación que la exacerbación en todas las fuerzas políticas.

Para la exacerbación confrontacionista, los moderados propios y ajenos sólo pueden actuar de ese modo por ser ingenuos hasta la estupidez, o por ser agentes encubiertos de la vereda de enfrente.

A izquierda y derecha, los exacerbados conciben a los moderados como si fueran el exprimer ministro británico Arthur Neville Chamberlain creyendo que con Adolf Hitler era posible dialogar y arribar a acuerdos. Y en ambos casos se ensañan con los dialoguistas de la misma vereda con una agresividad cargada de desprecio.

Por cierto, también en la posición de los exacerbados hay porciones de razón. Pero se expresan como si tuvieran la razón absoluta, tratando a los otros como si estuvieran absolutamente equivocados o fueran absolutamente malintencionados.

Aunque no sean equiparables en niveles de ideologización, fanatismo y culto personalista, en Argentina Cristina Kirchner y Mauricio Macri encabezan el confrontacionismo exacerbado en sus respectivos espacios.

En el oficialismo al partido moderado lo expresan funcionarios como Gustavo Beliz -secretario de Asuntos Estratégicos de la Presidencia- y Vilma Ibarra -secretaria Legal de la Presidencia-, entre otros; mientras que Alberto Fernández llegó a la presidencia porque, para no perder, Cristina Kirchner necesitaba un moderado, pero ni bien alcanzó su objetivo comenzó a presionarlo para que renuncie a consensuar, trate a los adversarios como enemigos y gobierne exclusivamente para el electorado kirchnerista.

En la oposición los moderados dialoguistas son el jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Horacio Rodríguez Larreta, la ex gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, el diputado Emilio Monzó y el senador Martín Lousteau, entre otros.

En ambos casos, el partido moderado susurra tímidamente sus razones, mientras el partido exacerbado vocifera sus condenas y demonizaciones, al mismo tiempo que dinamita los puentes del entendimiento.

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