Claudio Fantini
Claudio Fantini

Bolivia está en la cornisa tras elección arruinada

El mapa de Bolivia vuelve a crujir. Podría resquebrajarse a la altura de Santa Cruz de la Sierra, donde el poderoso Comité Cívico cruceño que lidera Luis Camacho, logró el apoyo de otros comités cívicos a un ultimátum de 48 horas para que Evo Morales renuncie a la presidencia.

Estas entidades que nacieron a mediados del siglo pasado, que se movilizan a través de cabildos y que han logrado debilitar dictaduras, jaquear gobiernos civiles, redistribuciones de la renta de los hidrocarburos, autonomías departamentales y elección mediante el voto de alcaldes, prefectos y gobernadores departamentales, se han levantado ahora contra la permanencia de Evo Morales en el poder.

Le exigen, lisa y llanamente, que renuncie. Una pretensión que choca contra la Constitución, incurriendo en el terreno del golpismo.

Ajustada a la legalidad es la exigencia de nuevas elecciones que plantea el candidato de Comunidad Cívica, Carlos Mesa. Como la quema de cientos de urnas y miles de votos hace imposible una verdadera verificación sobre si hubo o no fraude en el comicio, el ex vicepresidente y ex presidente que compitió con el actual mandatario, depuso su pretensión inicial de realizar un ballotage entre ambos, tal como lo señalaba el escrutinio hasta que fue misteriosamente interrumpido por 23 horas.

El análisis de las actas y de los sistemas informáticos no alcanza, si se ha hecho desaparecer una gran cantidad de papeletas y de urnas.

La elección ha sido arruinada por la inexplicada interrupción y por la suma de hechos turbios que motivaron las renuncias del vicepresidente del Consejo Electoral y después de unos de los veedores enviados por la OEA para investigar el escrutinio y verificar la validez del resultado oficial que coronó a Morales en primera vuelta.

No obstante, tiene más asidero constitucional el reclamo de repetir la elección que hace Carlos Mesa, que la exigencia de renuncia planteada por los comités cívicos.

De todos modos, el primero en violentar la Constitución fue Evo Morales hace dos años. Primero, intentando eludir mediante un referéndum el límites de mandatos presidenciales señalado por la carta magna que impulsó su propio gobierno. Y a renglón seguido, como en el referéndum del 2016 se impuso el “NO” a una nueva reelección, desconoció el mandato del voto mayoritario expresado en esa consulta, mediante una manganeta judicial absurda: un Tribunal Constitucional estableció que la reelección sin límites es un “derecho humano”. Fallo delirante que el general Stroessner habrá aplaudido desde la tumba porque contradice el argumento de los demócratas que lo consideraban un dictador. Al fin de cuentas, también el déspota paraguayo seguía en el poder porque ganaba elecciones. Aunque todos sabían que, como tantos otros autócratas del mundo, a las que no ganaba con votos las ganaba con fraude.

Evo Morales había ganado todos las elecciones. Pero en la votación del referéndum 2016 fue derrotado. Y optó por no aceptar la decisión de la mayoría. Ese antecedente justifica la sospecha de fraude en estas elecciones, además de muchas maniobras turbias, sobre todo la interrupción del escrutinio cuando señalaba que habría ballotage.

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