Claudio Fantini
Claudio Fantini

Las armas y la historia

A Berny Sander y Elizabeth Warren se les puede cuestionar la radicalización de sus posiciones, pero vincular sus discursos con la masacre perpetrada en Dyton por un joven que simpatizaba con el ala izquierdista del Partido Demócrata, como hizo Donald Trump, resulta inescrupuloso y descabellado.

No existe vínculo alguno entre los pronunciamientos de ambos legisladores demócratas con la acción de disparar a mansalva contra personas en la calle.

Lo que hizo el presidente parece una respuesta infantil a la inevitable vinculación que muchos establecieron entre sus reiteradas arengas describiendo a las caravanas migrantes como “ejércitos invasores”, con el manifiesto racista en el que Patrick Crusius anunció que cometería una masacre para frenar “la invasión hispana del Estado de Texas”, poco antes de acribillar gente en El Paso, la ciudad que constituye la principal puerta de ingreso de los hispanos a Estados Unidos.

Las desmesuras de Sanders y Warren, si se las puede calificar así, estarían en los planos económico y social. En cambio la lista de desmesuras de Trump tiene un extenso capítulo en el terreno de la xenofobia y el racismo.

Las últimas masacres imponen al presidente y a la sociedad entera una reflexión profunda sobre un flagelo que no se explica sólo por el fácil acceso de los ciudadanos a las armas de guerra. En muchos países, debido al sistema defensivo imperante, hay fusiles de guerra en todos los hogares.

Por ejemplo, la política de defensa de la Confederación Helvética hace que cada joven suizo de entre 20 y 34 años tenga un arma de guerra para entrar en acción junto al pequeño ejército nacional, si el país fuera invadido. Y en Suiza nunca ocurre que alguien use el arma que tiene a mano para masacrar a otros suizos. Tampoco ocurre en Israel, que también tiene un esquema defensivo del tipo “ejército popular”.

Los norteamericanos se deben una reflexión a fondo sobre la oscura patología que incuba su sociedad. Pero esto no implica sacar del foco la cuestión del libre acceso a las armas de alta letalidad, como intentó Trump en cada una de las masacres ocurridas desde que ocupa el Despacho Oval.

La justificación mediante la historia y la tradición hace tiempo que no alcanza. Es cierto que la primera chispa en la lucha por independencia ocurrió cuando la corona inglesa intentó confiscar las armas a los colonos que conquistaban nuevas tierras por las que se resistían a pagar impuestos a una metrópoli lejana. También es cierto que tiene peso en la tradición que la conquista del Oeste no haya sido protagonizada por un ejército, sino por colonos que guerreaban con sus propias armas contra apaches, comanches y demás dueños antiguos de esas tierras.

Que los nombres de Samuel Colt, William Winchester, Horace Smith y Daniel Wesson figuren entre los grandes inventores y emprendedores industriales decimonónicos prueba la importancia de las armas en la historia norteamericana. Pero en el debate actual la historia que más importa es la que comenzó tras la guerra de Corea y cobró fuerza con la de Vietnam, por los desequilibrios que llevaban a muchos veteranos a entrar en trance exterminador. A las perturbaciones de guerra se sumaron otras perturbaciones. Lo que se mantuvo igual fue la facilidad para obtener pistolas de grueso calibre y fusiles automáticos y semiautomáticos. Y eso ya no se explica por la historia y la tradición, sino por el inmenso poder económico de la industria y el comercio de las armas.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)