Claudio Fantini
Claudio Fantini

Argentina desquiciada

Parece una competencia para ver quién dice la frase más descabellada y quién tiene el gesto más irresponsable. Sin contar las barbaridades dichas por dirigentes sectoriales, el presidente y un ex presidente marchaban a la cabeza del desquicio.

Mauricio Macri dijo que “el populismo es peor que el coronavirus” y después mandó fotos paseando sin barbijo por la Costa Azul y gozando en lujosos hoteles parisinos. Alberto Fernández, que a esa altura coleccionaba fotos sin barbijo ni distancia social con funcionarios y dirigentes varios, se puso a la delantera al cometer una infidencia inaceptable: dice que, sugiriéndole no hacer cuarentena, Macri le dijo “que mueran los que tengan que morir”.

Además de que implica afirmar algo que no puede demostrar, resulta deplorable ventilar una conversación privada porque sí, o por una necesidad política del presidente, o para hacer lo mismo que hizo Macri con Cristina Kirchner: dar centralidad y visibilidad al “enemigo” que considera más conveniente para las necesidades políticas propias.

Como si no alcanzara, Alberto Fernández cometió otro estropicio ético al afirmar que “a los argentinos les fue mejor con el coronavirus que con el gobierno de Macri”.

Parecía que se había alcanzado el pico de la insensatez, pero apareció otro ex presidente, Eduardo Duhalde, batiendo todos los récords del desequilibrio al divagar sobre un golpe de Estado que impediría las elecciones legislativas del año próximo.

El “delirómetro” estalló y el país quedó pensando “qué” quiso hacer Duhalde: ¿ayudar a Fernández ¿ ¿presionar a Fernández? ¿darle a Fernández el mensaje de algún sector poderoso que se siente amenazado? Misterio.

No obstante, que en una clase dirigente en la que prima la codicia y la mediocridad se digan barbaridades peligrosas, no sorprende. Lo que sorprende hasta la desesperanza total es que mentes lúcidas y bien intencionadas se dejen arrastrar por los delirios de la radicalización.

Es el caso del matemático y escritor Guillermo Martínez, quien al referirse al desvarío de Duhalde, lo calificó en un tuit como “una prueba más de que hay que dejar de reunirse y esperar nada de los enemigos, y gobernar con y para quienes le dieron el voto”.

Como científico pasó por los claustros de Oxford y como novelista escribió piezas memorables como “Acerca de Roderer”; “Crímenes imperceptibles” y “Los crímenes de Alicia”, además de interesantes ensayos como los que reúne en las páginas de “Borges y las matemáticas”.

El autor de esos y otros libros estupendos, se pronunció en consonancia con una típica lucubración de usina ideológica y propagandística aceitada con los axiomas del filósofo del neopopulismo Ernesto Laclau.

Ese tipo de usinas fabrican argumentaciones para justificar la construcción de un poder vertical y hegemónico, que excluye al “otro” demonizándolo. El pensamiento excluyente es antidemocrático porque convierte al adversario en “enemigo”, el término usado por Martínez.

En su lamentable mensaje, “reunirse” refiere a dialogar, pero suena menos duro. Semejante categorización del que piensa diferente y semejante propuesta para tratarlo (la exclusión cortando el diálogo) desemboca en una consideración antidemocrática: “gobernar con y para quienes le dieron el voto”.

Una obviedad: en la democracia, quien gobierna no es el presidente de una parte de la sociedad, sino de la totalidad. La democracia es el gobierno de la mayoría que incluye (en lugar de excluir) a las minorías. El gobernante democrático lo es de todos los ciudadanos y no sólo de quienes lo votaron. La democracia no se limita al voto y la representación de la mayoría. Sostener lo contrario es sectario y autoritario.

Por cierto, si bien en la vereda kirchnerista la visión sectaria es la norma, no la excepción, también hay desprecio por un adversario al que se considera enemigo en la vereda opuesta.

El sectarismo y su matriz, la cultura autoritaria, no sorprenden ni desaniman cuando se manifiestan en personajes decadentes que buscan algún rédito o porción de poder, ni en las mentes que abrazan ideologías con fervor religioso, o sea con fanatismo. Pero cuando se manifiesta en personas bien intencionadas y de probado talento y lucidez, resulta desolador.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados