Claudio Fantini
Claudio Fantini

Apartheid mundial

Al éxito científico lo siguió un fracaso político. En los laboratorios se logró la proeza de crear vacunas en tiempo récord, pero el sentido común humanitario naufragó en los despachos gubernamentales, en Naciones Unidas y en los directorios de las grandes compañías farmacéuticas.

También naufragó la lógica táctica y estratégica que exige un enemigo común. Esa lógica indica que la pandemia global impone la necesidad de enfrentarla creando una alianza global anti-pandemia.

A diferencia de pandemias anteriores en las que las vías de contagio son más complejas (como la poliomielitis), ser una infección respiratoria que se transmite a través del aire le da al Covid-19 una potencialidad de contagio inmensamente superior. La ciencia no tardó en realizar los cálculos estadísticos que revelaron su capacidad de diezmar a un porcentaje significativo de la humanidad.

Su carácter global, sumado a la capacidad de transmisión y a la velocidad de mutación del las cepas, indican que la única forma de enfrentar la pandemia es mediante un comando mundial que organice la producción de vacunas a escala universal y la campaña de vacunación global y simultánea.

No sólo lo indica el sentido común humanitario, que se plantea la salvación de vidas sin distinción de clases, razas y nacionalidades. Lo sugiere también la lógica estratégica con que debe plantearse una amenaza de esta naturaleza.

El Covid-19 es un enemigo de la especie humana y a un enemigo en común se lo enfrenta de manera mancomunada. Los virus no tienen fronteras, por lo tanto la lucha contra un virus tampoco puede tenerlas. Y la ofensiva debe ser global y simultánea.

Si un edificio se incendia, quien logre apagar las llamas en su departamento no se puede sentir seguro. Si hay fuego en el edificio, en algún momento le llegará de nuevo o fundirá la estructura de acero, derrumbándolo. O se apaga el incendio en todo el edificio, o en algún momento todos los departamentos resultarán destruidos.

Según el sentido común humanitario, el liderazgo global conjunto debería lograr que todos los países produzcan vacunas en sus territorios, en lugar de esperar que, por efecto derrame, les lleguen en aviones.

Por haber invertido grandes sumas en crear vacunas, los laboratorios tienen derecho a obtener ganancias. También los Estados que invierten en la ciencia tienen derecho a ganancias o ventajas estratégicas, pero un liderazgo global debería compatibilizar el derecho empresarial y el de los Estados, con el deber histórico de vacunar al mundo con la mayor velocidad y simultaneidad posible.

Para que la posición humanitarista sea sustentable en el escenario de la pandemia, debe tener en cuenta lo que implica la inversión que hicieron algunos Estados y Laboratorios en la proeza científica de crear vacunas en tiempo récord. Quizá el Papa Francisco no contemple esa variable; aún así, su reclamo de liberar patentes para que las vacunas puedan producirse en todos los países, está más cerca del sentido común humanitario que los líderes mundiales.

En lugar de avanzar hacia un liderazgo global anti-pandemia, las superpotencias usan la pandemia y las vacunas como fichas para avanzar en el tablero geopolítico.

Apartheid significa “separar” en afrikáans, el idioma de la minoría blanca de Sudáfrica. Así se llamó el sistema de segregación racial impuesto en 1948, por el cual los “no blancos” tenían vedados los sitios habitados y transitados por los blancos. El mismo término ayuda a imaginar lo que dejará el Covid-19.

Como la especie atacada por el “enemigo invisible” cayó en el “sálvese quien pueda” y se guía por intereses empresariales y estratégicos, en lugar de guiarse por el sentido común humanitario, corre el riesgo de quedar dividida entre el mundo de los salvados y el de los desguarnecidos. O sea, avanzar hacia un “apartheid sanitario”.

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