Claudio Fantini
Claudio Fantini

Antesala de otro infierno

De repente, Bagdad se pareció a Bengazi en setiembre del 2012, cuando las turbas ingresaron al consulado norteamericano y lo incendiaron, muriendo el embajador Christopher Stevens y varios funcionarios y soldados.

La diferencia es que aquel ataque en Libia tuvo como detonante la indignación que causó la película La inocencia de los musulmanes en fanáticos islamistas libios y egipcios. En cambio, el asalto de turbas furibundas a la embajada norteamericana en Bagdad tuvo una motivación menos simbólica: la respuesta de Estados Unidos a un ataque contra una base en Irak que mató a un contratista norteamericano. Esa respuesta tuvo como blanco cuarteles de Hizbolá y dejó 25 muertos.

Otra diferencia es que, en Bagdad, las autoridades actuaron más velozmente que los libios y contuvieron el asalto a la sede diplomática.

El embajador Mathtew Tueller estuvo cerca de sumarse a la lista de embajadores norteamericanos abatidos. Antes que Christopher Stevens en Libia, murió John Gordon Mein en su embajada en Guatemala durante un ataque insurgente; al embajador Cleo Noel lo asesinó la organización palestina Septiembre Negro en Jartún; Roger Davies fue abatido en Nicosia por un francotirador chipriota; Francis Meloy fue secuestrado y asesinado por el Frente Popular de Liberación Palestina (FPLP) en Beirut, y el embajador Adolph Dub fue secuestrado y abatido en Kabul.

No son los únicos fantasmas que sobrevuelan Bagdad desde el ataque a la sede diplomática. También reapareció la imagen del asalto y ocupación a la embajada en Teherán. De hecho, los sucesos en la capital iraquí pueden estar ligados a la toma de rehenes con que el ayatola Jomeini saboteó el acercamiento que tanteaban el moderado primer presidente de la revolución islámica, Mehdi Bazargán, con el consejero norteamericano Zbigniew Brzezinski, poniendo definitivo final a la influencia de Washington sobre Irán.

Es posible que el ayatola Alí Jamenei esté ejecutando el mismo juego de su antecesor. Esta vez, el objetivo es poner fin a la insólita coexistencia de dos acérrimos enemigos por ser los principales apoyos del gobierno iraquí.

Desde las presidencias del kurdo Jalal Talabani con los chiitas Ibrahim al Jaafari, primero, y Nuri al Maliki, después, en el cargo de primer ministro, los gobiernos de Irak han navegado sobre el agua y el aceite, porque sus principales auspiciantes son dos potencias enfrentadas desde 1979: Irán y Estados Unidos.

La República Islámica tiene gravitación porque es un régimen chiita, y las coaliciones gubernamentales iraquíes han estado controladas por las fuerzas chiitas de Irak hasta la actual administración, encabezada por el renunciante, pero aún en funciones, Adel Abdelmahdi.

Parecía una ironía de la historia, pero iraníes y norteamericanos estuvieron del mismo lado en la guerra contra ISIS. Acabado ese conflicto, los dos eternos enemigos parecen volver a ponerse en sus respectivas miras y acercan el dedo al gatillo. No obstante, Donald Trump ya demostró con el episodio del dron norteamericano derribado por fuego antiaéreo persa, que no quiere una confrontación directa con Irán. Quizá confiando exageradamente en su renuencia, Teherán mueve sus fichas buscando sacar del medio al otro mentor del tambaleante poder en Bagdad. Esos movimientos apuntan a una guerra indirecta, usando a las milicias chiitas que se multiplicaron desde la rebelión de Muqtad al Sadr.

Un juego peligroso que puede hundir a Irak en otro infierno, convirtiéndolo en escenario de una guerra abierta y total entre dos viejos enemigos.

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