Claudio Fantini
Claudio Fantini

Alberto cercado por Cristina

Si funcionarios kirchneristas siguen diciendo que “hay presos políticos”, desautorizando al presidente Alberto Fernández, quien sostiene que lo que hay son “detenciones arbitrarias”, es porque Cristina Kirchner quiere que se mantenga ese asedio.

Bastaría que ella de la razón al mandatario para silenciar esas voces. La disciplina hacia su liderazgo vertical es absoluta. Por eso el silencio de la vicepresidenta impacta de lleno sobre la imagen y la autoridad de Alberto Fernández.

El problema del presidente no es tener de vice a Cristina, sino que fuese ella quien armó la fórmula que lo llevó a la Casa Rosada.

Por tal razón, el pronunciamiento de la vicepresidenta sobre la negociación con el Fondo Monetario Internacional contrariando la estrategia del presidente, así como el permanente bombardeo desde trincheras kirchneristas a la definición que sostiene el jefe de Estado sobre el tema de los detenidos por corrupción, suenan como crujidos de una embarcación que se agrieta a poco de haber emprendido la travesía de gobernar.

Si hubiese sido al revés, o sea si hubiese sido Alberto Fernández quien le ofrecía la vicepresidencia a Cristina, los kirchneristas de su gabinete no estarían contradiciéndolo en algo tan esencial en términos de Estado de Derecho como es la existencia o no de presos políticos.

Se supone que un presidente puede echar de su gobierno a un subalterno. Pero no sería el caso en Argentina, precisamente porque el músculo con más fuerza del gobierno es ella.

Ese brazo musculoso ha comenzado a golpear la mesa, mostrando su impaciencia.

El goteo constante de funcionarios hablando de encarcelamientos por razones políticas, en contraposición a lo que afirma el presidente, va aumentando de manera amenazante. En un nuevo intento de dirigir un coro en el que las voces más estridentes siguen la batuta de Cristina y no la suya, Alberto Fernández señaló que le “molesta que digan que tengo presos políticos, porque no los tengo”.

La personalización que hizo en esta frase resulta crucial. Si lo que hay en Argentina es, como él afirma, “detenciones arbitrarias”, la totalidad de la falla está en el ámbito judicial. Pero si se trata de “presos políticos” como sostiene la disciplinada tropa kirchnerista, la falla abarca también a los otros dos poderes porque implica un quiebre del Estado de Derecho.

Sería una situación normal si el contrapunto se diera con opositores. Pero ocurre en el oficialismo. Peor aún, dentro del mismísimo gobierno.

¿Cristina lanzó la ofensiva que está cercando al presidente porque teme que él permita que algún juez ose condenarla por corrupción? No hay razón para que tema eso. Alberto Fernández ya ha desistido públicamente de lo que sostuvo durante años respecto a casos cruciales y sus nuevos pronunciamientos sosteniendo la inocencia de Cristina constituyen una fuerte presión sobre los jueces. Si está ejerciendo abiertamente esa presión, es seguro que también está usando mecanismos menos perceptibles para garantizar impunidad a la vicepresidenta.

¿Entonces, por qué ella dirige este asedio que expone una fractura en el gobierno? Porque entiende que a la lealtad hay que premiarla y que muchos de los que están presos por corrupción se mantuvieron leales y no dijeron nada que complicara más la situación de la familia Kirchner.

De tal modo, con la impunidad a Cristina no alcanza. Tienen que salir todos los que hayan mantenido una lealtad inquebrantable. Se trata de una lógica mafiosa, pero parece ser la clave de este choque entre el presidente y su vicepresidenta.

¿Cómo puede acabar la pulseada? Hay dos posibilidades: La primera, Cristina acepta ser ella y sólo algunos pocos los protegidos por el blindaje de impunidad que está dispuesto a dar el presidente; la segunda, Cristina no acepta y sigue tratando de qué Alberto Fernández intente conseguir impunidad para todos los que ella diga.

Si ocurre lo segundo, Alberto Fernández tendrá dos alternativas: intenta imponer su autoridad, o empieza a virar sigilosamente hacia la posición que le impone Cristina. O sea, se arrodilla.

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