Claudio Fantini
Claudio Fantini

El acuerdo no acordado

El nuevo tratado que vincula las economías de Estados Unidos, México y Canadá puede considerarse un éxito de Donald Trump. Si bien el presidente norteamericano impuso el peso de su país, entre las partes hubo negociación y hubo acuerdo.

Por el contrario, no hay razones para presentar su propuesta de solución a la cuestión palestina con la ampulosa denominación de “Acuerdo del Siglo”.
Para que haya “acuerdo” debe haber negociación entre las partes en disputa. Eso no ocurrió, porque la parte palestina no estuvo en la negociación. En rigor, tampoco hubo negociación. Lo que hubo fue la elaboración conjunta de un proyecto por parte de dos equipos, uno norteamericano y el otro israelí.

Una cosa es negociar y otra elaborar conjuntamente un plan, sin participación de la contraparte en el conflicto que se pretende solucionar.
Es posible que el “Acuerdo del Siglo”, además de no ser un acuerdo, tampoco pueda marcar el “siglo”. Ocurre que su punto fuerte no parece más importante que sus muchos puntos débiles. Lo positivo está en el rescate de la idea de un Estado palestino, aunque lo coloca al final de un trayecto plagado de condiciones.

No es poco resucitar la meta de un Estado palestino. Pero además del difuso camino hacia su consecución, está la reducción de su tamaño respecto a las expectativas lógicas e históricas que existen. En efecto, ese Estado ocuparía una porción inmensamente inferior a la que le otorga la Resolución de la ONU de 1947, y también es más pequeño que el territorio demarcado por el Armisticio de 1949, que estableció la Línea Verde que rigió como frontera de facto hasta la Guerra de los Seis Días.

A esta altura tiene lógica negociar la delimitación de fronteras de manera diferente a las establecidas en 1947 y a las surgidas de la guerra de 1948 que rigieron hasta 1967. Pero lo razonable es un intercambio de territorios que compense los cambios que la realidad ha impuesto sobre el terreno en el último medio siglo. Y no hay tal compensación en el plan de Trump, más allá de unos territorios cercanos a Gaza, en la frontera con Egipto, la propuesta carece de compensaciones territoriales para los palestinos, mientras que Israel se adueña del Valle del Jordán, dejando toda Cisjordania rodeada por territorio israelí, sin contacto fronterizo con el reino jordano.

Incluso en las supuestas concesiones existen puntos oscuros. Por caso, la posibilidad de que distritos árabes de Jerusalén puedan ser la capital del nuevo Estado aunque la ciudad sería reconfirmada como capital de Israel y no tendría contacto territorial con el resto de Cisjordania. Esta concesión podría ocultar algo oscuro. ¿El Estado judío traspasaría también al Estado palestino la población árabe-israelí de esos distritos?

Demasiadas opacidades para que el plan resulte claro. No obstante, podría ser algo alentador si, en lugar de un paquete cerrado que los palestinos deben aceptar o desechar, al precio de perpetuar una realidad asfixiante, se tratara del paso inicial para una negociación con la Autoridad Nacional que preside Mahmud Abás.

Esa negociación tendría que dilucidar las zonas oscuras del plan de Trump y también incluir los canjes territoriales absolutamente necesarios para acercarse, por lo menos, a las fronteras vigentes hasta 1967, y diseñar un espacio que dé viabilidad al nuevo Estado.

Si no es el punto inicial de una negociación, el llamado “Acuerdo del Siglo” no es más que una imposición injusta.

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