Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Violencia sin control

La violencia crece sin control, dentro y fuera de las cárceles y la reincidencia alcanza el 60% de aquellos que han salido en libertad. Diagnósticos, acusaciones y lamentos se oyen a diario y el número de víctimas crece día a día. Que las causas son múltiples no se le esconde a nadie, la mejora de la seguridad es un tema de todos. Los delincuentes no discriminan, y cuanta más división haya en la sociedad mayores serán las posibilidades de los criminales.

La violencia crece sin control, dentro y fuera de las cárceles y la reincidencia alcanza el 60% de aquellos que han salido en libertad. Diagnósticos, acusaciones y lamentos se oyen a diario y el número de víctimas crece día a día. Que las causas son múltiples no se le esconde a nadie, la mejora de la seguridad es un tema de todos. Los delincuentes no discriminan, y cuanta más división haya en la sociedad mayores serán las posibilidades de los criminales.

De las múltiples causas que impactan en la seguridad, la situación de las cárceles es un factor fundamental en la reincidencia. Nadie que haya estado recluido de forma casi infrahumana, rodeado de delincuentes, sin herramientas que le permitan incorporarse luego al mercado laboral, podrá cambiar su estilo de vida.

Salvo raras excepciones en las cárceles uruguayas no se prioriza la dignidad de los reclusos; muy por el contrario, el ocio invade las almas y mina las posibilidades de reinserción en el campo del trabajo con la afectación de la autoestima y la pérdida total del valor de la vida propia y la del prójimo.

Las cárceles deben ser un espacio de enseñanza, formación y exigencia, el esfuerzo útil debe estar presente durante todo el tiempo de reclusión, los presos deben ocupar su tiempo en trabajar, formarse en oficios y prepararse para una vida de inclusión. La construcción de más centros penitenciarios solucionará el hacinamiento pero no dará respuesta al problema de la reincidencia. El trabajo no sólo colaboraría a sustentar a los presos sino que les daría la oportunidad de ser personas socialmente útiles al dejar de estar recluidos.

Las cárceles no pueden ser un depósito de personas. Mantener ocupados a los reclusos incluso evitaría la violencia dentro de los establecimientos y la propagación explosiva del consumo de drogas en dichos recintos. Y, mucho más importante que todo eso, es que las mentes ocupadas en el trabajo no tienen tanto tiempo para elucubrar la comisión de nuevos delitos.

Modificar el sistema carcelario requiere de recursos, pero la seguridad es una prioridad, los robos y rapiñas están a la orden del día y algunos terminan con muertes, destrozando familias a las que solo les quedará la resignación como alternativa.

Basta de diagnósticos, basta de politizar el tema, basta de gastar recursos en cosas superfluas o sueldos que no sean necesarios, focalicemos el esfuerzo en mejorar la gestión de las cárceles.

El castigo no por ser más gravoso es mejor. Por el contrario, sólo genera mayor frustración y resentimiento; debe ser digno, respetando los derechos humanos. La gestión en pos del trabajo físico, el desgaste de energía, el uso útil del tiempo son elementos fundamentales para evitar que quienes hayan delinquido lo vuelvan a hacer, lo que contribuye a respetar los derechos humanos de los ciudadanos no delincuentes. Los períodos de reclusión deben servir para la reeducación en el trabajo y la profilaxis del delito, tal como lo establece el artículo 26 de la Constitución de la República.

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