Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Respeto sí, imposición no

Toda persona tiene derecho a ser respetada en su propia forma de ser y en la más absoluta integridad de su ser, siempre que no dañe o incomode a los demás. Podríamos citar inmensidad de normas jurídicas de origen nacional o internacional que promueven la no discriminación por causa alguna, tanto sea por sexo, etnia, edad o cualquier otra característica humana.

Toda persona tiene derecho a ser respetada en su propia forma de ser y en la más absoluta integridad de su ser, siempre que no dañe o incomode a los demás. Podríamos citar inmensidad de normas jurídicas de origen nacional o internacional que promueven la no discriminación por causa alguna, tanto sea por sexo, etnia, edad o cualquier otra característica humana.

No discriminar significa justamente no calificar a una persona por una condición que no es relevante para el aspecto de que se trate. Un profesional se elige por sus conocimientos, experiencia y temple para el asunto específico que se le quiera consultar. Un artesano será convocado por su destreza y eficiencia y así, en cualquier orden de la vida, quien seleccione una persona para desempeñar un rol específico seguramente intentará delinear un perfil adecuado para el cargo que se vaya a ocupar.

En el caso de los docentes, lo que es esperable es que conozca la materia cuyo contenido debe enseñar a los estudiantes y en nada debería influir su vida privada, pero mucho menos debería ser obligado el docente a comunicar sus preferencias u orientación sexual. Esto sí que es absolutamente discriminatorio. ¿Qué sentido tiene que un estudiante conozca tal aspecto de la vida privada de un docente?

Independientemente de cuál sea su preferencia, inclinación u opción, está en la esfera privada de la persona y nadie tiene derecho a inmiscuirse. Lo que ha de enseñarse es el respeto, el respeto a que cada uno, sin agredir a los demás, elija la forma en que se desempeñará en su vida, no sólo en lo sexual. Un maestro no tiene por qué desnudar su vida privada, pero si realiza comentarios de ella, sería deseable que lo hiciera con naturalidad, sin chocar a los que piensan o creen de forma distinta a la de él y sin pretender adhesiones.

¿Qué diríamos si un docente, de una religión dada, no sólo comentara que pertenece a la misma sino que hiciera apología o, como en el caso de la orientación sexual, se le obligara a definir su preferencia religiosa? Probablemente muchos padres se verían molestos por ello, salvo que tal actitud existiera en un colegio confesional.

La guía de educación y diversidad sexual recomienda a los docentes gais y lesbianas “salir del armario”, más allá de la expresión que resulta discriminatoria en sí misma. ¿Por qué las personas con esas preferencias serían distintas que otras con preferencias heterosexuales? ¿Por qué la propia autoridad educativa daría por sentado que ese colectivo precisa, como docentes, de un tratamiento especial, en vez de propender a enseñar que todas las personas tienen derecho a ser respetadas, tanto si optan por ser padres, como si al ser médicos defienden su derecho a la libertad de conciencia, si eligen tener varios hijos o ninguno, o si han tomado el camino de consagrarse a Dios, si prefieren tener parejas del mismo o distinto sexo, en fin, la lista sería infinita.

Todos tenemos derecho a ser respetados en nuestra propia elección de vida y en nuestra forma de pensar, sin molestar a los otros.
Elegir una línea de conducta para que sea inculcada a los alumnos, a la vez de exponer a los docentes en su vida privada, cualquiera sea la forma que hayan elegido vivirla, es una actitud impositiva y discriminatoria que todavía estamos a tiempo de evitar con la intervención de la autoridad educativa. Esperemos que así sea.




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