Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Receta para la pobreza

Hundir un país en la pobreza es fácil, la receta está suficientemente probada, se requiere algo de paciencia pues el proceso puede tomar unos años.

Se comienza por estropear la educación con programas aburridos, alejados de la realidad y con poco interés para los estudiantes para que éstos caigan en el desinterés y se conviertan en “ni ni”. Con eso ya se garantiza una generación en la cual habrá un porcentaje muy alto de gente que sea proclive al delito expandiendo la delincuencia en forma exponencial cuando las generaciones así perdidas sean varias.

Para los pocos estudiantes que queden en el ámbito educativo, el objetivo es instruirlos para no pensar y así aprender y repetir la historia tergiversada e incorporar la gran mentira de la igualdad para que se crean acreedores a todo aquello por lo que no querrán hacer ningún esfuerzo pero con una buena dosis de resentimiento, envidiando a aquellos cuyo bienestar es mayor, fruto de su propio esfuerzo y formación.

Otro ingrediente de la receta hacia la pobreza es repartir la masa salarial entre los que ya tienen trabajo siguiendo las directivas y resoluciones de los consejos de salarios, sazonada con el ingrediente infaltable de subsidios a la contratación de menores o mayores de cierta edad, sin aumentar con ello, obviamente, la producción evitando así que quienes quieren ingresar al mercado de trabajo vean muy difícil hacerlo, sumado a los privilegios de los cupos para los afro descendientes o los transexuales.

Para acelerar el proceso se puede fácilmente impedir de hecho, aunque formalmente en el orden jurídico no sea así, la nueva inversión y especialmente la extranjera. No hay más que votar las leyes de transparencia para el sector privado complicando las transacciones, eliminando el secreto bancario y las acciones al portador, autorizando que la oficina de impuestos sea un cómplice de otras de importantes y ricos países, aplicando altos impuestos para repartir en dinero contante y sonante entre quienes, aún en épocas de bonanza y desempleo cercano al cero, no pudieron o no quisieron encontrar trabajo, restando recursos que serían muy bien recibidos en escuelas o las magras jubilaciones.

A la receta no le puede faltar un poder sindical que tome decisiones sin voto secreto y sin respetar quórum o mayorías de afiliados, administrando recursos sin rendición de cuentas, con poder de frenar actividades sin el consentimiento de los trabajadores y ocupando lugares de trabajo impidiendo el ejercicio del derecho al trabajo.

Con todo ello se consigue la disminución progresiva de la clase media y con ello la caída de los más desprotegidos en la pobreza.

Algo sí se fortalece, es la clase gobernante en sus prósperos cargos bien pagos que nadie quiere dejar, fruto de la adicción al poder y el dinero, lo que hace cada vez más difícil el recambio y la posibilidad de responsabilizarlos por la mala administración o malas decisiones.

Tan simple es desbarrancar un pueblo y la vuelta atrás, ¿cuán fácil es? El triste ejemplo de Venezuela marca ya el punto de no retorno por la vía normal. Con poder judicial y fuerzas armadas independientes del poder político todavía queda esperanza, no sin esfuerzo, siempre que se esté determinado a cambiar la mentalidad socialista opresora por una liberal.

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