Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

A la pesca del gran pez

En la campaña se puede apreciar que existen grandes coincidencias en materia macroeconómica entre los distintos partidos y ya no es posible diferenciarse por sostener o negar conceptos radicales como el no pago de la deuda externa, la nacionalización de la banca o la expropiación de tierras como pasaba en épocas no tan lejanas.

En la campaña se puede apreciar que existen grandes coincidencias en materia macroeconómica entre los distintos partidos y ya no es posible diferenciarse por sostener o negar conceptos radicales como el no pago de la deuda externa, la nacionalización de la banca o la expropiación de tierras como pasaba en épocas no tan lejanas.

Las variantes hoy se basan en la confianza que inspira el candidato y en la definición de cómo lograr los objetivos en materia de seguridad, educación, salud y vivienda. Los partidos coinciden en que estos son objetivos prioritarios, la diferencia se basa en que esas metas se alcancen a través del incremento de la presión impositiva o de la reorganización de la política tributaria y de reasignación de los recursos. La clase media se ha visto obligada a contribuir con las cargas públicas, con un altísimo porcentaje de sus ingresos, sin que tenga la posibilidad de oponerse a las normas correspondientes ni de exigir la prestación de unos u otros servicios como contraprestación.

Una vez cada cinco años la voz de los ciudadanos puede hacerse oír al elegir a uno u otro candidato y el gran desafío en esta recta final hacia las urnas es captar el voto de la clase media, ávida de decidir quién la representará mejor en sus intereses, gustos y necesidades. No es fácil captar cuáles son los intereses comunes del colectivo de la clase media para definir de qué modo lograr que sus integrantes inclinen su simpatía hacia uno u otro partido.

La clase media integrada por profesionales, personas que se ganan la vida con diferentes oficios, amas de casa, docentes, pequeños empresarios o empleados de cierto rango, probablemente con cierto arraigo de tradición hacia una divisa pero con independencia para el cambio, analizan las alternativas con cautela. Si hay algo claro es que en cinco años no se cambia un país, por lo que parece razonable pensar que un candidato elegirá ciertas prioridades y para lograrlas destinará recursos que siempre son escasos y la asignación en un sentido implica no aplicarlos a otro destino.

El juego dialéctico no parece ser el más atractivo, tampoco las promesas vanas que aparecen como si de pronto algún poder mágico y repentino le fuera conferido a un candidato. La clase media se ha visto exigida con el agravamiento de la presión impositiva sin que ello haya tenido una contraprestación en servicios que le simplifiquen la vida en aspectos básicos como escuelas y liceos de doble horario con horas destinadas al deporte competitivo, residencias para discapacitados y ancianos, hogares de rehabilitación para menores infractores con el objeto de reeducarlos y minimizar la reincidencia del delito, hogares para adictos o una mayor seguridad para sus familias.

Las promesas de subir o bajar impuestos no alcanzan, es necesario comprometerse a limitar el gasto corriente del Estado, llevar al mínimo los diagnósticos y estudios sociales, que suman horas de técnicos, que mucho cuestan y poco agregan para el destino de recursos. Si la pobreza ha disminuido en los niveles que se dice, ¿cómo es que los planes destinados a la emergencia no han dejado de proveerse para liberar recursos hacia servicios como los mencionados o proyectos de carácter productivo focalizados hacia microempresarios?

El premio del hábil pescador será el gran pez, el del candidato más creíble será el ansiado voto de la clase media.

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