Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Cuando las papas queman

El populismo es la panacea de los mediocres; asociado a una etapa de crecimiento económico es el sueño de cualquier demagogo.

Las promesas de un paraíso en el cual se obtendrá el bienestar con el producido logrado por otros, tiene un sabor dulce para aquellos que no han sido formados en la máxima que todo lo que se obtenga con el propio esfuerzo redunda en la satisfacción del deber cumplido.

El populismo pone a la mano de quienes se sienten que sólo esquilman a los ricos, o pretenden creerlo, todo aquello que desean y no merecen, para ello los gobiernos se valen primero de los impuestos y luego del endeudamiento.

Cualquiera de las dos llaves al edén sólo producen pobreza; los caminos hacia él son variados, habitualmente un gasto público excesivo y creciente respecto del PBI, baja de la inversión en infraestructura, un decaimiento en la educación y la seguridad, cierre de las fronteras comerciales escudados en la falacia de la defensa de la mano de obra nacional y todo ello, luego del túnel de luz prometido, el oscurantismo del desempleo, la emigración de los más capacitados y la necesidad de comenzar de nuevo el ciclo subiendo impuestos, aranceles e incrementando el endeudamiento.

La fiesta no es eterna, las riquezas del país no son ilimitadas, máxime cuando las condiciones para la inversión se van agravando, tanto por la presión impositiva, como por la creciente conflictividad laboral y la poca capacitación de quienes estoicamente permanecen en los países presos de populismo, sin una educación adecuada a los cambios culturales y tecnológicos propios de la evolución que el mundo vive.

Claro está que alguien debe levantar los trastos dejados por el desborde de la gloria del que vive de lo ajeno; llega el momento en que las papas queman; habrá que decirle la verdad a la gente, el jolgorio ha llegado a su fin. Se vienen épocas de vacas flacas, se precisará de quien ajuste los gastos a los ingresos, combata la delincuencia, vuelva atractivo el país para la inversión y los centros de enseñanza vuelvan a ser espacios de aprendizaje y no de pasaje simplemente.

¿Quién agarrará la papa caliente?, ¿Aquel que prometió que sin esfuerzo las personas obtendrían un subsidio para vivir sin trabajar, o que aunque los estudiantes no aprendieran escalarían en la educación para que las madres no increparan a la docente afirmando que el pobre educando no ha de ser sometido a la tortura de exigírsele que aprenda y sea útil para su propio destino?

Ciertamente las preguntas hechas son retóricas, nadie que haya prometido que el camino al paraíso era liso y sin tropiezos reconocerá que eso es sólo un sueño que cuesta muy caro y que al despertarse verá que la inflación corre por delante de su subsidio y que varios de sus parientes y amigos han quedado sin trabajo a la vez que los mayores de la familia reciben una jubilación que ni para la medicación es suficiente.

Ese es el momento en que los populismos necesitan, aunque más no sea, de un respiro en el poder, para que, quienes sí saben que un país no puede desarrollarse estando aislado del mundo y que la educación es la base del desarrollo y que sólo con inversión habrá nuevos puestos de trabajo, tomen el timón del barco. Así son los vaivenes del poder y de los pesares de los pueblos.

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