Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Excesos en campaña

Y los chimentos llegaron a la campaña, ya tenemos programas de entretenimiento en los cuales la política es tomada con lamentable liviandad, con una dosis de envidia y mala fe buscando más el sensacionalismo que la rigurosidad técnica.

La desmedida arrogancia denota un oculto desconocimiento y consecuente inseguridad a la hora de exhibir el trabajo. Ciertamente la humildad sería buena compañía para aquellos que sin saber de los temas que hablan, se sirvieran de asesores a efectos de no cometer gruesos errores que los sitúan en un lugar indigno lejos de la estatura periodística a la que quieren alcanzar.

En el afán de lograr un punto más de rating o unos ejemplares más vendidos, algunos periodistas, con tono burlesco, denuestan el periodismo, tornándolo en un show mediático, más propio de un programa o revista de espectáculos que de uno órgano de prensa serio.

La libertad de preguntar tiene como contracara la libertad de no contestar, la de invitar puede ser respondida con libertad. Nadie debería ofenderse por no ser invitado ni por no ser recibido, el buen periodista logrará información veraz allí donde se encuentre para usarla con honestidad y cristalinidad. Rasgarse las vestiduras no basta para que sea objetiva la comunicación.

La seriedad es la base de la credibilidad y al ocultar el origen de la información e interpretarla como algo oscuro cuando es cristalino y de posible conocimiento público no es más que una farsa, es montar un circo de entretenimiento que nada tiene que ver con periodismo.

De buen periodista, que los hubo y los hay en Uruguay, es informarse. No es posible que sepan de todo lo que tratan, de ahí la importancia de asesorarse con los que pueden interpretar adecuadamente lo puesto a consideración del público.

Cada uno debiera tener la autocrítica de conocer sus límites y buscar a quienes tienen los conocimientos. La agresividad, la burla, los excesos no son más que una falta de respeto de quienes presumen seriedad en el trabajo y provocan intencional confusión en los receptores, quizás fundado en la envidia, en el odio personal, en la necesidad de llamar la atención o de mantenerse en un medio difícil, pero sea la que sea la razón que los lleva a tan burdo accionar, los deja sumidos en el oscurantismo. La tan mentada libertad de prensa no debería servir para los oportunistas que, amparados en la dificultad que los ofendidos tendrían para llevar adelante las correspondientes acciones, saben que con o sin derecho quedarán impunes. Impunes ante la rigurosidad de la ley pero no en la opinión pública, que en su gran mayoría es sensata y no se deja llevar por el efectismo mediático, sino que con moderada calma se informa con varios medios antes de tomar una posición final.

Claro que los medios son formadores de opinión y que la responsabilidad para emitir juicios u opiniones debería ser superior a la de quienes carecen de acceso a expresarse en forma pública, pero esto, en algunos casos no parece ser un valor aplicable a su profesión. A la postre, será siempre el público el que elija entre una amplia oferta y sabrá que si busca seriedad en la información habrá ciertos programas y algunas publicaciones que no serán de su preferencia.

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