Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Estudiar, formarse, un mal negocio

Si el estudio se realiza en la Universidad de la República o UTU (Consejo de Educación Técnico Profesional) durante toda la vida activa el egresado estará gravado por el Fondo de Solidaridad y su adicional, que, además del fin romántico mayormente mencionado de otorgar becas a estudiantes, también tiene como fin destinar fondos para proyectos en el interior del país, bibliotecas, formación de docentes y publicaciones, así como para infraestructura edilicia destinada a la enseñanza.

Si el estudio se realiza en la Universidad de la República o UTU (Consejo de Educación Técnico Profesional) durante toda la vida activa el egresado estará gravado por el Fondo de Solidaridad y su adicional, que, además del fin romántico mayormente mencionado de otorgar becas a estudiantes, también tiene como fin destinar fondos para proyectos en el interior del país, bibliotecas, formación de docentes y publicaciones, así como para infraestructura edilicia destinada a la enseñanza.

Todos estos destinos son loables, pero dudosamente debieran estar sustentados por egresados de dichas instituciones, sino por la sociedad en general que debiera aspirar a una enseñanza de primera para un país de primera.

En definitiva, ya no existe la enseñanza terciaria gratuita sino que su pago es financiado.

Una vez que un joven finaliza sus estudios e ingresa al mercado laboral, sea en forma dependiente o independiente, comienzan los gravámenes impositivos. Si bien la carga impositiva es de inicio muy pesada y ya contiene un componente de aporte “solidario”, en la medida en que la formación y esfuerzo del trabajador lo impulsen a mejorar su rendimiento y por tanto su ingreso, esa pretendi- da solidaridad hace que la dedicación se vea progresivamente menos recompensada mientras las escalas del IRPF van royendo el fruto de su trabajo.

Lo que en otra época hubiera sido un orgullo y una expectativa de mejorar por el incremento del propio rendimiento, hoy es frustración de no ver los frutos del esfuerzo y por razones que nada tienen que ver con el trabajo sino con concepciones filosóficas que premian la igualdad por sobre la equidad y la justicia, y mediante herramientas fiscales se aplana la pirámide de las retribuciones, se desestimula el esfuerzo y se socava la voluntad de superación.

La formación, fuera esta universitaria o en oficios constituía, no hace tanto, una salida segura hacia al mercado laboral y generaba una expectativa de mejor retribución relativa en el mercado de trabajo. Con los sistemas tributarios que se empeñan en equiparar para abajo, se crean tributos cada vez más gravosos sobre la extensa clase media de este país, alegando un fundamento mágico, casi incontrovertible de “redistribución del ingreso”. Claro que con ello no se toma en cuenta que en general quienes tienen mayor ingreso lo tienen por estar mejor formados, y probablemente dediquen tiempo sin límite al ejercicio de su profesión u oficio, sea que sean trabajadores por su cuenta o profesionales de diferentes áreas y que por tal razón es de justicia que se les remunere mejor.

¿No debiera el sistema jurídico incentivar a que los jóvenes se eduquen, estudien y mediante una férrea voluntad contribuyan a la economía del país? Por un lado está el discurso afirmando que la educación es la base del desarrollo de un país, pero y ¿el incentivo de tener un futuro promisorio? La motivación es el impulso mayor para la formación personal. Quienes discuten el futuro del país debieran tener en cuenta este último factor, no se promueve la educación solo con presupuesto, sino que también es necesario que la formación sea reconocida y debidamente retribuida para que estudiar sea una opción de interés para los jóvenes.

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