Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Un día para pensar

Al conmemorar el 1° de mayo cada año, múltiples son las acepciones, consideraciones y reclamos que se emiten a través de los distintos medios de comunicación.

Al conmemorar el 1° de mayo cada año, múltiples son las acepciones, consideraciones y reclamos que se emiten a través de los distintos medios de comunicación.

Este 1º de mayo tuvo como antecedente inmediato la canonización del Papa Juan Pablo II, aquel Papa peregrino que tuvo la honestidad de luchar contra el comunismo a la vez que alertaba sobre el liberalismo sin regulación.

Este hombre que por ser de enorme carisma, no sólo para los creyentes de la religión católica sino también para seguidores de otras creencias, es oportuno recordar su Carta Encíclica sobre el trabajo humano, enalteciéndolo como forma de dignificar al hombre, logrando su propio sustento y el de su familia.

Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda de que el trabajo humano no mire únicamente a la economía, sino que además, y sobre todo, vele por los valores personales, situación ésta que en definitiva redunda en provecho de todas las partes, con trabajadores respetados y justamente remunerados y empresarios con mejores resultados económicos.

En la actualidad los trabajadores tienden a buscar la protección de los sindicatos, que, si bien debieran ser asociaciones con autoridades democráticamente establecidas, no siempre lo son, pero sí conforman una fuerza social que debiera tener un rol articulador entre la fuerza del trabajo y los que disponen de los medios de producción considerando las reales posibilidades del país y las empresas.

En este sentido, decía la Carta Encíclica mencionada: “la actividad de los sindicatos entra indudablemente en el campo de la política, entendida ésta como una prudente solicitud por el bien común. Pero al mismo tiempo, el cometido de los sindicatos no es «hacer política» en el sentido que se da hoy comúnmente a esta expresión. Los sindicatos no tienen carácter de «partidos políticos» que luchan por el poder y no deberían ni siquiera ser sometidos a las decisiones de los partidos políticos o tener vínculos demasiado estrechos con ellos. En efecto, en tal situación ellos pierden fácilmente el contacto con lo que es su cometido específico, que es el de asegurar los justos derechos de los hombres del trabajo en el marco del bien común de la sociedad entera y se convierten, en cambio, en un instrumento para otras finalidades.”

Los sindicatos, con su influencia y con los recursos obtenidos de sus propios asociados, podrían ser vehículos de formación de trabajadores, promoviendo su especialización y mejorando su situación laboral, y no formarlos para la lucha de clases. La formación de los trabajadores como personas responsables y orgullosas de su trabajo es una forma de dignificación del trabajo y colaborar a que sientan satisfacción por el trabajo bien realizado.

Finalizo esta columna con otra cita de la Carta ya referida, que espero lleve a la reflexión de los lectores, creyentes o no, hacia una concepción moderna del uso del derecho de huelga. “Actuando en favor de los justos derechos de sus miembros, los sindicatos se sirven también del método de la «huelga», es decir, del bloqueo del trabajo, como de una especie de ultimátum dirigido a los órganos competentes y sobre todo a los empresarios. Este es un método reconocido por la doctrina social católica como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites (...).

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