Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

El despecho de la ex

Cual mujer despechada o niña malcriada, la expresidenta argentina tomó revancha con un gran desplante, no entregó la banda ni el bastón a su sucesor.

Cual mujer despechada o niña malcriada, la expresidenta argentina tomó revancha con un gran desplante, no entregó la banda ni el bastón a su sucesor.

De alguien que haya ocupado la primera magistratura de cualquier país uno podría esperar que fuera el mejor aliado de su sucesor, por la simple razón que nadie llega a la presidencia declarando que su verdadero interés en ocupar el más alto cargo ciudadano es llenar sus arcas con los dineros públicos. O enaltecer su ego hasta límites jamás soñados y mucho menos merecidos.

El tiempo transcurre y los velos van corriéndose, desde las sombras emergen las verdaderas intenciones, buenas o malas, eficientes o deficientes, generosas o egoístas, responsables o no. No siempre se valora la buena gestión, ya que en general implica medidas no comprendidas por aquellos a quienes en definitiva beneficiarán, pero que precisan de tiempo para exhibir resultados.

En el caso de los pésimos administradores públicos, el misterio indescifrable del carisma hace que los peores errores, si pueden llamarse tales, sean justificados por un ejército de fundamentalistas que pierden la capacidad de pensar por sí mismos e idolatran al sostén del poder irrestricto. Por esa misma actitud obsecuente del entorno del mandatario, éste no ve su imagen real, sino que se refleja en un espejo mágico que le devuelve un ser ideal que le acaricia el ego y lastima al pueblo.

Así, en ese contexto de idealismo, negación e ingenuidad, una pequeña multitud acompañaba a la saliente presidenta, que con sus múltiples miserias daba los últimos pasos de los largos ocho años en que hundió a la Argentina en la difícil situación en que hoy se encuentra. La realidad obliga al nuevo presidente a tomar medidas de inmediato para poner a funcionar otra vez ese riquísimo país fundido por la corrupción.

Como si el daño realizado en los últimos años fuera poco, dio el golpe de gracia negándose a cumplir el acto protocolar de entrega del bastón y la banda presidencial, como si esto empequeñeciera la figura del presidente que el 10 de diciembre pasado asumía su puesto, con el beneplácito o sin él, de quien se retiraba por la puerta pequeña del palacio presidencial.

No es patrimonio exclusivo de la Sra. Fernández el mal comportamiento al dejar el poder. Otros ejemplos demuestran tristemente, al igual que ella, que su pobre interés no era proteger al pueblo que gobernaron, pues de serlo, prestamente colaborarían en la transición y promoverían que sus fanáticos seguidores apoyaran sacar el país adelante. Fuimos testigos de una actitud triste y poco digna, teñida de un egocentrismo que opacaba cualquier pensamiento positivo o racional. Tampoco este rasgo es patrimonio exclusivo de esta exgobernante.

La pregunta que podría surgir es si la democracia tendrá las herramientas necesarias para juzgar a quienes despilfarran los dineros públicos. A los que caprichosamente deciden quiénes serán los beneficiarios del erario trascendiendo fronteras con los acuerdos suscritos de la mano de la OCDE. ¿Quién responde por los efectos de la corrupción? Corrupto es no solo el que se hace de dineros mal habidos de coimas, también lo es quien en beneficio de intereses propios o de terceros, en forma arbitraria, permite que los dineros públicos tengan destinos diversos a los que por ley corresponde.

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