Casilda Echevarría
Casilda Echevarría

Despacito, despacito…

Despacito, progresivamente va restringiéndose la libertad de los habitantes, quienes también, despacito, van perdiendo la sensibilidad y poco a poco van acostumbrándose a que su capacidad de decidir sobre sí mismos vaya decayendo en forma casi imperceptible.

En el caso de la educación, la sociedad va tomando como un hecho inexorable que sus hijos y nietos serán personas de escasos conocimientos y aún menor capacidad de esfuerzo, lo que les restringirá la libertad de elegir los caminos del futuro y consiguientemente, alcanzar un estado de satisfacción.

La presión tributaria también avanza en cuotas, con una ley de ajuste fiscal y en sucesivos aumentos de tarifas, así como en siguientes leyes con incrementos de alícuotas. Como si ello fuera po-co, se habla, increíblemente de aumentar la presión tributaria sobre los patrimonios imponiendo el impuesto a las herencias.

Aparecen, asimismo ideas de alto contenido demagógico en torno a limitar los alquileres y expropiar inmuebles no ocupados. Cualquiera con apenas un barniz de conocimiento sabe que esas medidas en el muy corto plazo, no solo atropellan los derechos y libertades de propietarios, sino que también consiguen limitar la inversión inmobiliaria y en consecuencia empujan los alquileres al alza. Facilitar el uso de los instrumentos financieros para el público en general es beneficioso pero ¿por qué ha de ser obligatoria la bancarización de todas las operaciones? En materia internacional, poco a poco el Uruguay se va quedando encerrado en sus propias fronteras comerciales, ¿a quién beneficia? Simplemente a nadie, el mercado interno no es suficiente y cerrarse a ampliar el mercado externo solo determina que se con-traiga la inversión, la producción y el empleo.

En materia financiera, no es inmediato el efecto pernicioso de liquidar el secreto bancario y fiscal, que solo beneficia a los gobiernos que mediante la colaboración recíproca intentan percibir mayores recursos para sí mismos, gastándolos en clientelismo político a través de planes de subsidios innecesa-rios que, en general, solo promueven la destrucción del sentido del esfuerzo y de la dignidad.

Menos importante, pero de todos modos molesto, es el hecho que ya no se puede tomar una copa de vino en una comida o una cerveza entre amigos y volver a casa manejando. Por supuesto que el control de la alcoholemia en el tránsito y en los ambientes laborales es absolutamente necesario, pero con razonabilidad, sin fundamentalismos.

Tampoco tienen las empresas la libertad de acordar con sus trabajadores lo que más les convenga, cuando las negociaciones por rama solo benefician a unos pocos.

¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia un estado rector de nuestras vidas? El colmo es el proyecto que autoriza al Estado a sustituir a los padres en el consentimiento para el cambio de sexo de los menores.

Despacito, despacito vamos perdiendo libertades ¿Dónde se para? ¿En Venezuela? ¿En Cuba? Libertad de comercio, libertad en el ingreso y salida de capitales, un sistema tributario competitivo, igualdad para los inversores, nacionales y extranjeros, libertad de prensa, respeto a la propiedad privada, todo esto es base para impulsar la inversión y por tanto, el empleo y la mejora del estilo de vida.

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