Carlos Vaz Ferreira

GONZALO AGUIRRE RAMÍREZ

En nuestro Uruguay decadente, en el que todo o casi todo está venido a menos -política, educación, arte del gobierno, deportes, teatro, artes plásticas, urbanidad, carnaval y cuantos etcéteras puedan ocurrírseles-, se homenajea a cualquier don nadie declarándolo "ciudadano ilustre de la ciudad de Montevideo". Han habido excepciones, como la de Horacio Arturo Ferrer, pero como el título lo otorga la penosa Intendencia capitalina y frentista, la nómina de los agraciados con el mismo da razón, una vez más, al Discépolo. Pero aclaremos: en este cambalache de personajes y personajillos a cual más irrelevante, falta "un gran profesor".

No puede extrañar, por ello, que a la "intelligentzia" oficial, capitaneada por un ex Rector de la Universidad desde un Ministerio de Cultura que no hace honor a su nombre, no se le haya ocurrido difundir por algún medio, con algún o algunos actos, la figura de Carlos Vaz Ferreira, de cuyo deceso se va a cumplir medio siglo.

Nacido en Montevideo un 15 de octubre de 1872, murió, como Leandro Gómez, un 2 de enero. De 1958 el eminente pensador. De 1865, el esclarecido y heroico patriota. Cuando en nuestro Uruguay todavía se sabía distinguir el trigo de la cizaña y el maestro aún vivía -1957- un grupo de diputados de todos los partidos concretó la idea de publicar todas sus obras. Las éditas y las inéditas, en más de veinte volúmenes.

Firmaron la proyectada resolución Jorge L. Vila, Washington Beltrán, Arturo L. Dubra, Venancio Flores, Zelmar Michelini, Carlos Migues Barón, Francisco Rodríguez Camusso, Adolfo Tejera y José E. Urrutia Serrato. Mi madre, por aquel entonces, había ingresado a la Cámara durante tres meses, como suplente de Adolfo Tejera. Poco después, la colección completa llegó a nuestra casa.

De a poco fui leyendo, una a una, sus obras. Moral para Intelectuales, su Fermentario, la Lógica Viva, sus notables conferencias "sobre temas científicos, artísticos y sociales" (1a. serie, publicada en 1956), y tantas otras. Entre ellas, señalo como las más notables "¿Cuál es el signo moral de la inquietud humana?" (1936) y "La actual crisis del mundo desde el punto de vista racional" (1940).

En "La Constitución Nacional" y en el insuperable "Tratado de Derecho Administrativo", Justino Jiménez de Aréchaga y Enrique Sayagués Laso me hicieron querer y entender -creo- nuestro Derecho Constitucional y el Derecho Público, en general. Vaz Ferreira me enseñó algo más importante. A razonar. O, por lo menos, a hacerlo en forma menos imperfecta, casi rudimentaria, que la que utilizaban casi todos los muchachos de mi época. Que, en esa materia, era sin embargo muy superior a la actual.

En la escuela y el liceo -memoria mediante, sobre todo-, íbamos acumulando algunos conocimientos. Pero a éstos no podíamos agregar ninguno de creación propia, de alguna originalidad y exactitud, porque no nos habían enseñado a razonar. A ello dedicó, su noble y fecunda vida, Vaz Ferreira.

Profesor de Filosofía desde 1897 y de Filosofía del Derecho -1924 a 1929-, se le consideró un filósofo. Quizás, el único filósofo uruguayo. ¿Lo fue, realmente? Poco interesa dilucidarlo. Fue, sobre todo, un pensador original y profundo, obsesionado por enseñar. Por aclararle la mente a sus compatriotas. Sobre todo, a los jóvenes. En el prólogo de su Lógica Viva, explicó que lo escribió "... sólo al fin positivamente práctico de que una persona cualquiera, después de haberlo leído, fuera algo más capaz que antes de razonar bien". Por cierto que lo logró, ampliamente.

Se carteaba con Unamuno y Einstein quiso conocerlo, a su paso por Montevideo, en 1921.

Señores, relean a Vaz Ferreira y razonarán mejor. Sobre todo, si votaron al Frente Amplio.

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