Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner

La rebelión de los giles

Vi en Madrid una extraordinaria película argentina: “La Odisea de los giles”. 

La protagoniza Ricardo Darín. Se centra en el “corralito” y cuenta como el Estado despojó de su dinero a un buen número de ciudadanos, con el agravante de que los bien informados procedieron a desplumar a los “giles”, a los que nada sabían.

El film narra la historia de un pequeño número de “giles” que no se resignaron y contraatacaron. No les cuento más por si deciden verla. Vale la pena.

Dos años antes, hace un par de décadas, los ecuatorianos dolarizaron la economía. Lo acaba de recordar el economista venezolano José Cordeiro. Desterraron la moneda nacional como una solución in extremis a las constantes devaluaciones. Gobernaba, desesperado, Jamil Mahuad. Dos semanas más tarde abandonó el poder tras una rebelión de los cabecillas indígenas (apenas el 7 por ciento del censo nacional). En realidad, lo derrotó la crisis económica rampante que sufría el país.

Unos meses antes de que se adoptara la medida, recuerdo haber acudido al país a defender la dolarización convocado por la empresaria Joyce Ginatta. No había otra forma de devolverles la confianza en Ecuador a los inversionistas, a los ahorristas y a toda persona sensata, como predicaba incansablemente esta singular mujer, a quien los ecuatorianos le deben el impulso original de la medida.

Andando el tiempo, en el 2007, comenzó a gobernar Rafael Correa, un populista consumado, amigote de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, que no pudo hacerle más daño a la economía porque estaba sujeto por la camisa de fuerza de la dolarización. (Correa, por cierto, hace tiempo que anda prófugo de la justicia ecuatoriana perseguido por los tribunales de su país).

Esto le agregó una cuarta característica al dinero en circulación: cuando la maquinita de imprimir billetes no está en poder de gobernantes irresponsables, se limita la cantidad de locuras al alcance de gentes que no entiende que el gasto público debe estar en función de la producción, la productividad y la capacidad de recaudar dinero sin destruir al sector privado.

Las otras tres características del dinero son las que recogen los manuales de economía: sirve para intercambiar cosas; es un depósito de valor para conservar ahorros y propiedades; y es una ‘unidad de cuenta’ para asignar los precios.

Los mallorquines, en el medievo, cuando tuvieron reyes, los obligaban a jurar “defender el valor de la moneda”. Eso me parece una señal de respeto con el esfuerzo ajeno. Los corralitos, las devaluaciones, o el aplaudir en el hemiciclo el incumplimiento de las obligaciones me parece terrible, ya sea cuando los diputados argentinos lo hicieron, o cuando el presidente Trump amenazó con “renegociar” la deuda contraída por su país (algo que, afortunadamente, no llevó a cabo).

Eso, sencillamente, no es propio de estadistas serios.

Naturalmente que lo ideal es tener una moneda propia que se ajuste a la cambiante situación internacional. Suiza, por ejemplo, la tiene, pese a ser una economía relativamente pequeña, dadas la población y el territorio con que cuenta, pero en casi toda América Latina y en algunas naciones de Europa es preferible contar con una divisa alejada del gobierno de turno.

Es lo que le ocurría a España. He conocido el dólar a 50 pesetas y he conocido el dólar a 200 pesetas. Eso quiere decir que los españoles duermen mucho más tranquilos gracias a la llegada del euro. Saben que sus propiedades, sus ahorros o sus pensiones no se devaluarán súbitamente. Saben que, mientras exista la Unión Europea y el euro circule en 19 países, entre ellos Alemania, Francia y Países Bajos, (más Montenegro y Kosovo), la divisa mantendrá una gran fortaleza.

Andrés Oppenheimer, uno de los grandes analistas de América Latina, veía con simpatía la dolarización de la región. Ya son tres los países dolarizados (Panamá, El Salvador y Ecuador). Tal vez les convenga a Venezuela, Cuba y, en menor grado, Argentina, aunque los dos países caribeños tengan que renunciar a sus disparatados modelos económicos.

En Venezuela, que tuvieron el año pasado 1.400.000 por ciento de inflación, algo tendrán que hacer. En Cuba, no consiguen eliminar las dos monedas con las que estafan al país descaradamente. Una, en la que el régimen paga, que no sirve para adquirir casi nada; mientras en la otra cobra, e intercambia por dólares o euros.

Aviso urgente: o esos países adoptan una moneda fuerte o los “giles” se van a sublevar como en la película que acabo de ver.

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