Antonio Mercader
Antonio Mercader

Víctimas uruguayas de Fidel Castro

Cuando murió Fidel Castro lo primero que pensé fue en sus víctimas. No me refiero a los cubanos que sufrieron su dictadura en carne propia, sino a tanta gente de mi generación que creyó en aquel canto de sirenas de los guerrilleros que iban a cambiar el mundo. ¿Cuántos murieron o frustraron sus vidas para siempre tratando de imitar a Fidel y sus barbudos? Demasiados.

Cuando murió Fidel Castro lo primero que pensé fue en sus víctimas. No me refiero a los cubanos que sufrieron su dictadura en carne propia, sino a tanta gente de mi generación que creyó en aquel canto de sirenas de los guerrilleros que iban a cambiar el mundo. ¿Cuántos murieron o frustraron sus vidas para siempre tratando de imitar a Fidel y sus barbudos? Demasiados.

Recuerdo el shock que me produjo saber que el bueno de Jorge Salerno, de quien me hice amigo en un colegio de jesuitas, era uno de los tres muertos en el absurdo intento de los tupamaros por copar la ciudad de Pando. Poco más de 20 años tenía Salerno cuando lo convencieron de que los problemas del mundo se arreglaban empuñando una pistola. Cantos de sirena con el verso aquel de que los partidos políticos, las elecciones y la democracia pluralista eran una porquería. O mejor dicho, una “pluriporquería” como diría el finado Fidel.

También convencieron a otro amigo, Adolfo Wassen, el mismo que en la librería de la puerta de la Universidad de la República me vendió libros imprescidibles que todavía conservo. Wassen, que al igual que Salerno fue persuadido de que había que cambiar el mundo por la fuerza, estuvo preso durante largos años para morir finalmente de cáncer. Una tragedia.

Y así podría recordar a otros compañeros de generación sacrificados en el altar de la lucha armada como miembros de la vanguardia revolucionaria de iluminados que nos iban a llevar por el camino de la Cuba castrista, aunque aquí en Uruguay no hubiera selvas en donde esconderse, ni yanquis buscando prostitutas, ni un dictador en funciones como el coronel Fulgencio Batista.

Eran jóvenes descreídos de los partidos fundacionales y de la tradicional izquierda uruguaya los que renegaron de la vía electoral y se lanzaron a hacer una revolución imposible. Fueron terreno fértil para aquel aluvión de propaganda enviada desde Cuba con las arengas de las conferencias de OLAS sintetizadas en el eslogan que decía que “el poder nace en la boca del fusil”. Y tras la propaganda y el adoctrinamiento llegó todo el respaldo del gobierno cubano con armas y bagajes incluidos.

Casi cuarenta años hubo que esperar para que Fidel reconociera en público que fomentó y apoyó las guerrillas en América Latina incluido Uruguay. Lo confesó entre sonrisas y guiños de complicidad, como si fuera un asunto para tomarlo en broma. Una broma que costó demasiadas vidas y dolores como para olvidarlas ahora que a él le llegó el turno.

Lo curioso del caso es que hasta 1991, en la primera cumbre de presidentes iberoamericanos, en Guadalajara, México, había negado expresamente toda injerencia. Fue en ese primer encuentro con el colectivo de jefes de Estado latinoamericanos en donde, refiriéndose a la región, Fidel pronunció una frase arrasadora: “Pudimos serlo todo y hoy no somos nada”. Muchos presidentes se ofendieron, pero solo uno, Luis Alberto Lacalle, lo reprendió públicamente al recordarle que los guerrilleros que él inspiró provocaron a la postre un golpe militar en Uruguay, una calamidad que los uruguayos superaron con el voto. Y fue entonces que le reprochó no los muertos cubanos, sino los caídos en Uruguay a causa de su prédica.

Ese, el de las vidas perdidas o frustradas por su culpa en nuestro país, es el primer reproche que me vino en mente a la hora de su muerte.

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