Antonio Mercader
Antonio Mercader

Vergonzoso apoyo a Nicolás Maduro

Siempre me emocionó comprobar el afecto de los uruguayos por la democracia", me dijo en una entrevista el gran historiador argentino Félix Luna.

"A principios de la de década del 60 durante una misión diplomática en Ginebra participé en las apasionadas discusiones sobre la revolución cubana con mis colegas latinoamericanos. Y nunca olvidé que los primeros en alertar sobre el sesgo dictatorial del gobierno castrista fueron dos jóvenes diplomáticos uruguayos"

Desde entonces Luna siempre se interesó por el civilismo de sus vecinos rioplatenses al punto que era capaz de citar ejemplos de esa actitud. No faltaban, por supuesto, menciones a la dura oposición de los uruguayos contra el peronismo así como de otras posturas pro-democráticas a nivel internacional.

Recordando esa entrevista puedo imaginar la decepción que Luna sentiría ante la actuación de Uruguay en el caso venezolano. Es el mismo sentimiento de decepción que hoy embarga a la mayoría de los habitantes de este país que siempre pesó más que su tamaño o riqueza en la política exterior latinoamericana. Un país orgulloso de practicar la democracia y dispuesto a protegerla allí donde fuera amenazada, regla abolida por la politización que el Frente Amplio introdujo en el manejo de las relaciones exteriores.

Una politización insoportable en lo atinente al régimen chavista hoy encarnado por el reelecto Nicolás Maduro. De ahí las voces de repudio surgidas dentro y fuera del país contra la presencia de un representante oficial del gobierno uruguayo en el acto de asunción a la presidencia de un autócrata fascista en la patria de Simón Bolívar.

Un desfile de imágenes vergonzosas resume la viciada relación entre los gobiernos del FA y del chavismo. El Pato Celeste entrando con una delegación oficial en el palacio de Miraflores, Mujica en un foro internacional calzándose una campera militar venezolana, las casas prefabricadas que nunca se construyeron, los fantasmagóricos libros uruguayos "vendidos" a Venezuela por más de 50 millones de dólares, los confusos intercambios entre Ancap y Pdvsa, la ridícula expulsión del Frente Amplio del ex canciller Almagro, la FEUU callada ante el asesinato de decenas de universitarios, todo ello sazonado por los rumores de lavado de dinero producto de la corrupción existente en Venezuela.

Si viviera, Luna no podría creer que Uruguay respaldara a un dictador como Maduro que sacó ventaja de unas elecciones amañadas luego de acribillar a manifestantes en las calles, encarcelar a disidentes y militarizar la vida del país. Lo peor para Luna habría sido oír hablar de motivaciones abyectas en el respaldo uruguayo a Maduro. Para él la corrupción era un flagelo insufrible.

En aquella entrevista me contó que las primeras lecciones sobre democracia las recibió de su padre. Una de ellas, evocaba, fue cuando lo llevó hasta la estación Retiro y le señaló en la puerta a un anciano sentado en una banqueta vendiendo lotería. "¿Ves a ese viejito? Aunque cueste creerlo fue vicepresidente de la República y ahora hace unos pesos para reforzar su jubilación. No debería ser así pero en todo caso muestra la salud de nuestra democracia".

Una salud que no caracteriza para nada a los nexos entre los gobiernos de Uruguay y Venezuela.

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