Antonio Mercader
Antonio Mercader

Se trata de la libertad

En Uruguay, hay quienes dicen que los humoristas de “Charlie Hebdo” se propasaron con sus dibujos y chistes sobre el islam. Sugieren que ellos se buscaron la muerte al meterse con una religión que –junto a una mayoría de pacíficos feligreses- profesan fanáticos fundamentalistas. Quienes dicen eso no sólo parece que quisieran justificar el crimen sino que ignoran que esa revista se ríe de todo y todos, incluidas religiones y religiosos. Porque sus hirientes portadas irritaron también a católicos y judíos, pero a ninguno se le ocurrió asesinar a balazos a los humoristas.

En Uruguay, hay quienes dicen que los humoristas de “Charlie Hebdo” se propasaron con sus dibujos y chistes sobre el islam. Sugieren que ellos se buscaron la muerte al meterse con una religión que –junto a una mayoría de pacíficos feligreses- profesan fanáticos fundamentalistas. Quienes dicen eso no sólo parece que quisieran justificar el crimen sino que ignoran que esa revista se ríe de todo y todos, incluidas religiones y religiosos. Porque sus hirientes portadas irritaron también a católicos y judíos, pero a ninguno se le ocurrió asesinar a balazos a los humoristas.

Al gobierno francés, víctima predilecta de las ironías ilustradas de “Charlie Hebdo”, tampoco se le pasó por la cabeza cerrarlo. Eso no lo hace una democracia, lo hacen las dictaduras. Entre nosotros lo hizo Gregorio Alvárez con “El Dedo”, en los años 80, en momentos en que el gobierno “cívico-militar” toleraba una crítica incipiente, pero no admitía chistes. Por eso “El Dedo”, revista de humor creada por el heroico Antonio Dabezíes, sobrevivió apenas ocho ediciones. Por eso mismo, el dictador de Norcorea, Kim Jong, amenaza hoy a Estados Unidos con entrar en guerra por una película de matinée que lo ridiculiza.

Arotxa, Hogue, Ombú, por citar tres puntiagudos lápices del humor nacional, no han dejado santo con cabeza. Cada uno en su estilo, marcaron a fuego a personajes y episodios de la política local en estas tres últimas décadas de democracia restaurada. ¿Quién no recuerda, por poner un ejemplo célebre, los dibujos de Arotxa sobre el brazo cortado de Jorge Batlle? Otros muchos podrían citarse en donde gobernantes y políticos quedaron todo lo mal que los puede dejar el humor corrosivo de una caricatura precisa, una de esas que valen más que mil palabras. Empero, los afectados supieron tragarse su fastidio porque así son las reglas de la vida en democracia y libertad.

Cuando están de por medio cuestiones de religión -como de política- se puede medir bien el grado de tolerancia de una sociedad. Y vaya si aquí somos tolerantes. Imaginen el escándalo que se hubiera armado en cualquier país occidental y cristiano en donde un ministro de gobierno se refiriera a Jesucristo como “el flaco ese al que crucificaron por gil”. Aquí lo dijo Eleuterio Fernández Huidobro, ministro de Defensa Nacional, en una conferencia ante cientos de personas que soportaron la “boutade” pacientemente. De haber dicho algo similar en un país con yihadistas no hubiera contado el cuento.

Por todo eso cuesta digerir que haya entre nosotros quien sugiera que los responsables de “Charlie Hebdo” se buscaron la muerte por ser demasiado transgresores o por haber satirizado al islam de la misma forma que lo hacen con el cristianismo o el judaísmo. En un país con una fuerte comunidad musulmana como Francia, los islamistas, incluidos los más ortodoxos, tienen que aprender a convivir dentro de las reglas republicanas, sin pretender que sus creencias, costumbres y ritos deban quedar a resguardo de la crítica, los comentarios y hasta de la burla de la prensa libre.

Quien esto escribe no es precisamente un admirador del presidente francés Francois Hollande. Sin embargo, es justo reconocer que fueron atinadas sus palabras después de la masacre. “Ningún oscurantismo nos intimidará”, dijo, y ese es un lema que todos, no sólo los periodistas, deberían asumir como propio. 

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