Antonio Mercader
Antonio Mercader

Traficando el agua en un plebiscito (I)

Es sabido que el Frente Amplio, cuando era oposición, organizó plebiscitos con fines exclusivamente electorales como lo reconocieron algunos de sus dirigentes una vez llegados al poder. Tan electorales eran que una vez aprobados con la consiguiente reforma de la Constitución, se los ignoró totalmente.

Es sabido que el Frente Amplio, cuando era oposición, organizó plebiscitos con fines exclusivamente electorales como lo reconocieron algunos de sus dirigentes una vez llegados al poder. Tan electorales eran que una vez aprobados con la consiguiente reforma de la Constitución, se los ignoró totalmente.

El ejemplo más impactante del uso desaprensivo de ese instrumento fue el plebiscito del agua de 2004 que coincidió con las elecciones que elevaron a Tabaré Vázquez por primera vez a la presidencia.

En pocos plebiscitos hubo tanto griterío con en aquel que reformó la Constitución para declarar que OSE y solo OSE puede manejar el agua en Uruguay. Dos tercios de los uruguayos, sensibilizados por una propaganda alentada por el Frente Amplio y un enjambre de ONG nacionales y extranjeras, votaron en 2004 para agregarle una carilla entera al artículo 47 de la Constitución. Sí, una carilla entera de obligaciones a cargo del gobierno que 11 años después, tras dos mandatos del Frente Amplio, en su mayoría siguen incumplidas.

El movimiento reformista nació, como no podía ser de otro modo, en el gremio de los funcionarios de OSE, inquietos como estaban por la actuación en nuestro país de empresas europeas habilitadas para brindar el servicio. Al grito “OSE es de todos” (en realidad querían decir OSE es de nosotros, los funcionarios que no queremos sufrir una competencia que exponga nuestras ineficiencias) hicieron campaña contra las privatizaciones sacando del ropero otra vez viejos fantasmas como el de los piratas de parche y garfio que venían a robarnos el agua pura, incluida nuestra cuota del acuífero Guaraní.

La piedra del escándalo fue Maldonado, pionero en el avance de los servicios privados de agua y saneamiento. Hubo quejas por el servicio de una empresa que operaba allí y que fueron amplificadas en el plano nacional. Para el bullanguero movimiento reformista -alentado por el Frente Amplio, pero que contó con el apoyo de algún sector de los partidos tradicionales- esas quejas probaban que papá Estado debía ser el único patrón del agua potable, ese elemento vital tan escaso en algunas regiones y tan abundante por estas latitudes.

En un país que por entonces tenía oídos hipersensibles al eslogan pro-estatista y monopólico aprobar el plebiscito fue cuestión de soplar y hacer botella. Para lograrlo bastó exhibir el espectro de las miserias de algún país subsahariano privado del líquido elemento como ejemplo de lo que le aguardaba al Uruguay si persistía en ceder el agua a los satánicos capitalistas neoliberales que, con su afán de lucro, eran capaces de desertificar nuestros campos y mortificar a las ciudades con la plaga de la sed o la del agua corrompida.

Como un resorte, dos tercios de los votantes de aquellas elecciones que consagraron la llegada de la izquierda al gobierno, atendieron a ese llamado y consolidaron la presencia excluyente de OSE en la materia y la expulsión de aquellos explotadores privados que amenazaban perturbar la paz y la felicidad de la República. Lo raro fue que el plebiscito ganó prácticamente en todo el país menos en Maldonado que era precisamente el lugar de las primeras experiencias privatizadoras y de donde habían partido las primeras quejas. ¿Por qué? ¿Qué pasó después? Lo explicaremos desde esta columna el próximo domingo.

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