Antonio Mercader
Antonio Mercader

Papelón con Vargas Llosa

Mensajes indescifrables, cartas que no llegaron y enredos varios postergaron durante dos años la entrega del doctorado Honoris Causa de la Universidad de la República al escritor peruano Mario Vargas Llosa. Ahora, tras el último intercambio entre el rector Rodrigo Arocena y el Premio Nobel de Literatura parece que la Udelar otorgará la distinción el próximo verano. Esta especie de comedia en torno a un título nunca entregado desnuda el sectarismo rampante en medios universitarios.

Mensajes indescifrables, cartas que no llegaron y enredos varios postergaron durante dos años la entrega del doctorado Honoris Causa de la Universidad de la República al escritor peruano Mario Vargas Llosa. Ahora, tras el último intercambio entre el rector Rodrigo Arocena y el Premio Nobel de Literatura parece que la Udelar otorgará la distinción el próximo verano. Esta especie de comedia en torno a un título nunca entregado desnuda el sectarismo rampante en medios universitarios.

La historia del asunto linda entre lo risible y lo ridículo. En 2012 cuando se propuso discernir ese doctorado algunos docentes y representantes del sector estudiantil se opusieron alegando que Vargas Llosa era un “militante neoliberal” admirador de Margaret Thatcher. Fue extraño porque hasta ese entonces los antecedentes políticos de un literato nunca se consideraron en la Udelar al adjudicar un Honoris Causa. Así lo prueban, por ejemplo, los títulos conferidos al paraguayo Augusto Roa Bastos, al portugués José Saramago y al uruguayo Mario Benedetti, tres acólitos de Fidel Castro, de otros dictadores de izquierda y en algún caso hasta de bandas terroristas.

El caso de Saramago fue el más llamativo porque este otro Premio Nobel de Literatura fue un estalinista del más duro cuño cuando en la Unión Soviética se violaban a granel los derechos humanos. Empero, en el 2000, cuando la Udelar le concedió tal honor ningún docente o estudiante recordó esa mancha en el pasado del laureado.

Comparado con el currículo político de esos tres escritores, el de Vargas Llosa luce angelical pues su pecado mortal, según sus detractores uruguayos, era haber elogiado a la Thatcher, gobernante que llegó y se mantuvo en el poder por votación popular en un país democrático. La otra imputación que en la Udelar le hicieron al peruano fue que se trataba de un “neoliberal”, ese adjetivo que la izquierda usa para demonizar a sus adversarios. Más le hubiera valido a Vargas Llosa declararse polpotista, jihadista o partidario del régimen norcoreano para recibir la bendición universitaria.

Ahora se supo que, pese a todo, la Udelar había resuelto en 2002 darle el Honoris Causa, cosa que Arocena le comunicó por carta al autor de “La ciudad y los perros” quien la contestó aceptando el homenaje y proponiendo fechas para viajar a Uruguay. Lo que pasó después es una suerte de culebrón plagado de confusiones en donde el rector alega que nunca recibió una respuesta de Vargas Llosa razón por la cual todo quedó en suspenso.

Semanas atrás, en entrevista del Suplemento Cultural de El País el escritor expresó su sorpresa porque la Udelar le otorgó un título que no le entregó y que tenía “curiosidad de saber qué es lo que demonios pasó para que se diera ese silencio sepulcral de la universidad”. Y con sorna añadió: “Siempre me pregunté si ese doctorado me lo quitaron”. Arocena se dio por aludido y le escribió a Vargas Llosa aduciendo vagamente que “algún mensaje se ha perdido” y que el escritor no le había confirmado su aceptación del título. Un gran papelón.

El argumento de Arocena suena a vana excusa. Sin esa entrevista en donde Vargas Llosa sacó a relucir el tema, es probable que el doctorado concedido pero no otorgado hubiera quedado en el olvido. Un olvido conveniente para un rector que prefirió desairar a un Premio Nobel antes que desafiar a los sectarios de entre casa.

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