Antonio Mercader
Antonio Mercader

Tras los negocios con Venezuela

Es increíble que hasta hoy no haya surgido del gobierno una voz que aclare si la tibia reacción de Uruguay ante la dictadura venezolana se debe o no a compromisos de índole particular contraídos con la dupla Chávez-Maduro.

A estas alturas es insostenible decir que Uruguay se rige por el principio de la no intervención, que no fue consultado por otros países o que no es tan grave la situación de Venezuela. Es evidente que algo más incide para debilitar la política del país en la materia.

Las versiones sobre compromisos relacionados con acuerdos de negocios entre ambos países circulan hace años, pero nunca como ahora se los señala como causa de la infausta política del Frente Amplio. Si bien es cierto que a instancia de varios parlamentarios la justicia emitió un fallo absolutorio de una empresa intermediaria en el intercambio comercial entre Uruguay y Venezuela, las dudas persisten.

Días atrás, el principal dirigente de la oposición, Luis Lacalle Pou, sugirió que esos tratos o contubernios —como se prefiera denominarlos— condicionan nuestra política exterior en un asunto en donde no caben dos opiniones: Venezuela padece una dictadura asesina (8.000 ejecutados según Amnistía Internacional) que empuja a su gente a emigrar o a resignarse a vivir sin libertad y en la miseria. Todo lo cual merecería una condena sin atenuantes contra el gobierno chavista.

Le vendría bien a la transparencia tan invocada por la izquierda hacer luz sobre todos los negocios consumados desde que Chávez y su combo del socialismo del siglo XXI llegaron al poder. Es sabido que en los pactos gobierno a gobierno algunas empresas compañeras fueron designadas por Venezuela como intermediarias. Según José Mujica esa designación fue normal —todos tienen derecho a ganarse alguna comisión, dijo— pero no hubo comentarios adicionales sobre otros intercambios sospechosos.

Nunca se supo nada de aquellos 50 o 60 millones de dólares que se pagaron por una (¿supuesta?) exportación ¡de libros!, de Montevideo a Caracas. Tampoco fueron claros los negocios informáticos o la venta de casas prefabricadas, por citar los temas más conocidos. Algo similar ocurrió con los nexos entre la Ancap dirigida por Raúl Sendic y la compañía petrolera venezolana. Menos datos aún hubo sobre el viaje del valijero Antonini Wilson cuyo destino final era Montevideo, pero que fue detenido en Buenos Aires con un maletín lleno de dólares.

Hasta ahora subsisten las suspicacias en torno a las relaciones carnales del FA —o mejor dicho, de algún sector del FA— con el chavismo. Por ahí anda un diputado del MPP, cohabitante de la chacra de Mujica, que se jactó públicamente de haber viajado 85 veces a Caracas por temas comerciales. Y hay también patéticas muestras de adulación al chavismo protagonizadas por dirigentes del Pit-Cnt como Marcelo Abdala, que viajó a abrazarse con Maduro y a entregarle un libro sobre el sindicalismo uruguayo.

Mientras tanto, cada día surgen nuevos datos sobre la corrupción del régimen caraqueño (con la Argentina de los Kirchner, por ejemplo). Por todo ello se trata de saber si la débil actitud uruguaya ante los desmanes de Maduro esconde oscuras razones que el gobierno del FA se empeña en disimular.

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